domingo, 15 de noviembre de 2009

Capítulo 9. Precaución.


9 PRECAUCIÓN
-¿Nos vamos ya o qué? – le apresuré aún mirando a la puerta.
- ¿Tanta prisa tienes? – una voz grave salió de la boca. La cual creía que pertenecía a mi amiga. Me giré para mirar. Mi corazón salió de mi cuerpo cuando vi quién había a mi lado.
- ¿Q-q-qué haces? – bisbiseé. No me salían las palabras.
- Ahora soy yo el que quiere hablar contigo. ¿No puedo? – su voz era serena y sosegada. Marcó una sonrisa amarga. Seguía sin poder decir nada. Esta vez no era por el hechizo que siempre me causaba ni nada por el estilo. Era la sorpresa de no haberlo presenciado venir
-En primer lugar – prosiguió – fuiste muy valiente al contarme todo lo que sentías hacia mí. Yo también percibía algo cuando nos encontrábamos. – estaba mirando al suelo. Sus ojos eran como siempre. – En segundo lugar, quiero pedirte perdón por lo que te hice. Aún no sabía lo que hacía. Y en tercer lugar, tú y yo sabemos lo que somos. Estamos en prácticas y somos lo suficientemente peligrosos y novatos como para matarnos a nosotros mismos en un intento de destruir al otro. Esta vez te pido yo algo. – Esperé a que prosiguiera – Evitarnos lo máximo posible. Solo nos queda menos de un mes para acabar el instituto y después de ahí tendremos todo el tiempo del mundo en formarnos… y enfrentarnos. – esta última parte le costó pronunciarla. Podía percibir el endurecimiento de la mandíbula.
Me quedé sin habla. Tardé más de un treinta segundos en arrancar. Mi corazón seguía latiendo fuertemente. Iba a decirle que estaba de acuerdo con él. Pero no me dio tiempo. Antes de que pudiera contestarle, se levantó y salió por la puerta.
Segundos más tarde llegó Natalia muerta de euforia. Pero se contuvo al ver mi expresión.
-Y ahora me dirás que lo que acabo de ver también son cosas que la gente se inventa… - ironizó.
-No ha sido nada. Simplemente ha venido para disculparse por haberme dejado allí. – mentí.
- ¿Y no te ha dado ninguna razón? ¿Simplemente te ha pedido perdón y se ha largado? – se estaba saliendo de sus casillas.
- Sí. Y… ya. ¿Vale? – zanjé el tema. No tenía más ganas de seguir hablando de él. – Ahora vamos a la puerta.
- ¿Por qué tienes tantas ganas de salir? – la pregunta era tan estúpida que ella misma se golpeó la frente con la palma de la mano. – Vale… soy tonta. Es obvio. No tienes ganas de estar aquí.
-Ajá.
En el momento en que salíamos por la puerta, un Seat Ibiza color negro metálico derrapó a la salida del instituto. Estaba allí, como me había prometido. No pude evitar una sonrisa de oreja a oreja. Se había cambiado de ropa. Llevaba puesto una camiseta verde militar ajustada a sus musculosos pectorales y unos vaqueros desgastados. El pelo lo llevaba revuelto y estaba totalmente irresistible con su sonrisa encantadora. Bajó la ventanilla del copiloto y se inclinó hacia el asiento de éste.
-Su chófer particular la espera señorita Ranzzoni. – automáticamente Natalia me miró perpleja al reconocer a Guille.
-¿Y esto? – susurró solo para mis oídos.
Le lancé una mirada de burla y fui a montarme en el coche. Ella seguía allí anonadada, con la boca abierta.
-Si quieres puedo llevar a Natalia también. No me importa. – se ofreció amablemente.
- Vale. Creo que estará encantada. – se me escapó una risa tonta. - ¡Natalia! Anda sube que nos lleva a las dos.
No tuve que insistir dos veces. Seguidamente se subió en la parte trasera del auto.
En el trayecto de camino a casa de Natalia hubo risas y bromas sobre las anécdotas que le había sucedido a Guille en Los Ham’s 80. Se estaba en un ambiente muy agradable y simpático. Parecía más relajado y más seguro de sí mismo que esta mañana.
-Bueno ¿qué tal el gimnasio? – pregunté para hablar de algo. Me gustaba su tono de voz.
-Bien… como siempre. ¿Y tú? ¿Algo nuevo en el instituto?
-No… aquello está muy monótono – mentí. Sí que había habido algo distinto. Pero ahora no me apetecía pensar en ello.
La mitad del camino hasta mi casa lo recorrimos en silencio. Cada uno estábamos metidos en nuestros asuntos. No dejaba de pensar en las palabras que me había soltado Aarón. Entonces… él también lo sabía y por lo que se ve, se había enterado el mismo día que yo. Los dos empezamos a desarrollar los poderes casi al mismo tiempo, los dos nos dimos cuenta de que pasaba algo raro y los dos nos informamos el mismo día de todo este asunto. ¿Casualidad? No lo creo…
Recordaba su calma a la hora de hablar conmigo. No fue la misma que la mía, desde luego. Y el encuentro de ayer… En tan solo un día no podíamos haber empezado a crear nuestras barreras dispuestas a resistir el ataque del enemigo. Si éramos novatos los poderes de cada uno se tenían que disipar por todas las partes sin ningún control. El mío ya lo estaba haciendo… pero… ¿Y él? ¿Había habido alguien más que hubiese experimentado ese despliegue de mente? Mejor no saberlo.
-Llegamos al destino. – sonrió.
- ¿Cómo sabías donde vivo si nunca has venido a mi casa? – me extrañé bastante. Esta pregunta le pilló por sorpresa debido a su rostro de confusión.
-Bueno… yo… no sé… como siempre venías a la hamburguesería supuse que tu casa se encontraba cerca… - se le trababan las palabras.
-Pero en todo caso… has parado justo en la misma puerta.
-¿Ah sí? Será casualidad… - se mostraba nervioso, incómodo.
-¿Sabes? Me da igual… prefiero no saberlo. Gracias por traerme. Ha sido todo un detalle. – se relajó bastante cuando vio que lo había dejado pasar.
- De detalle nada. Son cinco euros. – sacó la lengua y tendió su mano derecha.
- Claro, claro… usted quédese ahí esperando. Que ahora mi mayordomo vendrá a traerle los cinco euros y la propina. – Salí del coche. Cerré la puerta y ambos nos despedimos con un gesto de manos.
Después, se fue tan rápido de allí que dejó un rastro de humo por donde había pasado. Confundida entré a mi casa y me preparé de comer. Antes de ponerme a estudiar tenía que ir un rato a la buhardilla para relajarme un poco de este asunto.

-Hola cariño. ¿Cómo llevas esa herida? – siempre tan atenta mi abuela.
- Bien. Me lo estoy curando. Ya mismo tendré que ir al médico a que me quiten los puntos.
-Bueno. ¿Empezamos? – mientras andábamos íbamos hacia el jardín.
-Abuela… sé que esto es necesario… pero me aburre un poco.
-Es lo que hay.
-En fin… espero que más adelante se vuelva más entretenido.
-Eso te lo aseguro. – el tono de voz con que lo dijo me hizo sospechar de que ocultaba algo más.
Empezamos de nuevo con el saludo. Los movimientos precisos, rápidos. Una y otra vez… mientras tanto podía pensar en cosas que me rondaban. Creo que mi abuela se iba a convertir en mi orientadora.
-Abuela… ¿es normal que con tan solo un día ya te sientas más fuerte para afrontar… obstáculos? – sugerí así como por casualidad mientras repetíamos de nuevo el estiramiento de dorsales.
-Cuando se tiene mucho empeño en querer desarrollar algún poder o simplemente tener fuerza de voluntad, los inmunitas podemos llegar a mejorar tales poderes de manera sobrenatural. Por ejemplo, si tú te has empeñado en ocultar ciertas sensaciones, ahora que sabe lo que eres, con un poco de tiempo esas sensaciones que sentían pueden desaparecer. – siguió con el entrenamiento. Pero yo me quedé pasmada al ver que había dado en el clavo.
-¿Cómo sabes tú lo de las sensaciones? – estaba boquiabierta.
-No hay que ser muy inteligente Allegra hija. Si nos contaste ayer de que cuando lo veías te dolía la cabeza… pues supongo que a eso te referías ¿no?
-Sí… entonces… ¿es normal que cuando lo vea no me duela la cabeza? – evité contarle más de lo necesario.
-Sí. Si lo has querido con tantas fuerzas que no te doliese. Supongo que tu espíritu inmunita se está despertando en ti. Venga sigamos.
Después de esta pequeña pausa, proseguimos con lo mismo. Colocación, choque de espadas, cambio posición. Colocación, choque de espadas, cambio posición. Colocación, choque de espadas, cambio de posición. Estaba siendo muy aburrido, pero tenía que ser fuerte y seguir adelante. Esto solo era el comienzo de algo grande.





MAYO






JUNIO

No hay comentarios:

Publicar un comentario