lunes, 2 de noviembre de 2009

Capítulo 5. Confusión.


5 CONFUSIÓN
Me asomé a la parte de delante de la ambulancia, donde se encontraba el conductor y el enfermero. En efecto, todo era como la visión, la gente con las manos puestas en la cabeza, los conductores a punto de perder el control, niños llorando, personas agachadas, pero todos en torno a alguien. Nada más ver la sombra de aquella persona, supe exactamente de quién se trataba. Aarón. Él era el causante de todo. Estaba entre dos edificios, mirando fijamente al centro de la calle. Mi cuerpo sufrió un cosquilleo de arriba abajo y en ese instante, no sé cómo, pero él supo que yo estaba ahí. Nuevamente nuestras miradas se cruzaron, pero esta vez no eran de color esmeralda sino del color del plomo. De repente, me acordé de todo lo que había pasado antes del accidente, un torrente de imágenes se agolparon en mi mente, como cuando tuve la primera ilusión, pero esta vez no era una visión del futuro, sino del pasado, de algo que me incumbía y que había ocurrido reciente.
Recordé todo lo que había sentido, lo que le había contado, el despegue de mi mente, el golpe con la piedra, sus ojos – los mismos de ahora – su furia, mi frustración, me acordaba exactamente de cada sílaba que le dije y sobre todo su reacción.
Sentía muchísimo miedo, no sabía si volvería a ocurrir, no quería seguir mirándolo, podría caer de nuevo en esa inconsciencia. Leyó el terror en mis ojos y salió corriendo de aquella calle. Segundos después, todo volvía a ser normal. La gente se sentía aturdida, los niños pararon de llorar, los conductores volvieron a retomar los volantes de sus coches y extrañamente nadie comentó nada de aquella situación rara. La ambulancia siguió su camino y yo volví a sentarme en la camilla.
El trayecto hasta el hospital fue bastante rápido, ya que hicieron sonar la sirena y llegamos antes de que cantara un gallo. Pero mientras tanto no dejaba de pensar en él. Sentía que él había experimentado también ese miedo que yo había sentido cuando me asomé a la ventanilla de la ambulancia. Presentía que provocaba ese dolor de cabeza a todo el mundo sin su consentimiento, que él no quería hacerlo. Pero eso no justificaba el hecho de que me dañara con una piedra o que hubiese provocado ese daño a tanta gente.
Llegamos al hospital, me metieron en la sala de curas y me tuvieron que poner siete puntos en la frente. Después me tuvieron en observación tres horas más. Mis padres estaban aún más pendiente de mi de lo que ya lo estaban.


-Cariño ¿seguro que te encuentras bien? Si quieres podemos quedarnos más en observación.
- Estoy bien mamá. Hasta podría correr en la maratón.
-El médico ha dicho que debes descansar y que mañana no irás al instituto.
Algo bueno en todo esto. No tendría que verlo. O quizás no era eso lo que quería.
-Bueno tampoco me iba a perder nada interesante mañana.
-Mejor. ¿Qué tal si nos vamos a “los ham’s 80”? – Era mi hamburguesería favorita.
-¡Bien! Hacía tiempo que no iba.


Siempre iba allí con Natalia y alguna que otra vez con mis padres. El lugar era fantástico. Estaba ambientado en los 80. Todo de color rojo y blanco. Sillas y mesas típicas de los 80. Sofales alrededor de las mesas. Un reloj gigante arriba de la barra. Música rock. Detrás de la barra se podía ver a los cocineros hacer la comida. El servicio siempre era excelente y entre ellos se llevaban fenomenal. Te contagiaban de la alegría y su amabilidad.


-Hola Allegra, hacía tiempo que no te veía. ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado? – Me preguntó Guille, el camarero. Era guapísimo, joven y tenía una sonrisa que cautivaba.
-Ah nada, me caí y me golpeé con una roca.
-Espero que te pongas bien. – Se volvió hacia mis padres – ¿Cómo están señores Ranzzoni?
-Bien, bien. Vamos tirando. – mi madre le mandó una sonrisa educada de la cual él respondió a la suya.
-¿Qué van a tomar? - La primera en hablar fui yo.
- Yo quiero una hamburguesa con queso, Nestea y patatas fritas. – Puse mi cara más inocente.
- Lo de siempre ¿no? – me lanzó su mirada picarona y su sonrisa irresistible.
- Sí, lo de siempre. – Ambos nos miramos y nos reímos. Apuntó mi pedido en su libreta.
- ¿Y ustedes?
- Yo quiero un serranito y una cerveza sin alcohol. – Dijo mi madre.
- Y para mí una hamburguesa completa con queso y un tinto de verano. – siguió apuntando.
- Ok, ahora les traigo las bebidas. – Sin que mis padres se dieran cuenta, Guille me guiñó el ojo y se marchó. Pude verle en la cara que estaba sonriendo.
Mis padres estuvieron en silencio bastante rato, tuvieron una mirada de complicidad y luego se dirigieron a mí.
-¿Qué pasa? – pregunté cómo quién no sabe nada.
- ¿Qué pasa con el camarero? ¿Eh?
- ¿Qué dices papá?
- Sí, sí…ya hemos visto como te miraba. Pillina.
-Bah…tonterías. – En realidad sabía exactamente hacia donde estaban intentando llevar la conversación. La verdad es que Guille siempre me había parecido muy atractivo y simpático.
- Ay Silvia, nuestra hija ya no es una niñita.


De repente, mi padre se calló y se puso rígido. Guille llegaba con las bebidas. Colocó la cerveza sin alcohol y el tinto de verano en la mesa. Y mi Nestea, me lo dio en la mano, haciendo rozar nuestras manos lentamente. Cuando se marchó, mis padres empezaron a reírse a carcajadas y yo me tuve que unir a ellos, ya que era contagiosa. Fui a darle un puñetazo en el brazo a mi padre de broma, pero desgraciadamente aquel momento de risas y guasas se acabó en el momento en que toqué a mi padre y otro torrente de imágenes me inundó.
Dejé de ver durante unos segundos que se me hicieron interminables. Era otra visión. Pero esta vez en vez del futuro parecía que era del pasado, ya que las imágenes se me aparecían en sepia, aunque no eran de hace mucho tiempo. Vi a mis padres hablando con mi abuela en la sala de estar de su casa. Yo me encontraba en la cocina jugando con mis muñecas y tendría como unos ocho años.
-Mamá, esto está empezando. Lleva unos días diciéndome que tiene pesadillas horribles, que se acuerda de todo lo que sueña. ¿Por qué tiene que ser ella? – Mi madre sonaba bastante alarmada.
-Ya sabes que es cosa del destino. Se salta una generación, a ti no te tocó, así que es a ella. – La voz de mi abuela sonaba bastante tranquila, como si dominase la situación.
-Ahora es pequeña, pero cuando se haga mayor, ya sabes lo que le pasará. ¿Qué vamos a hacer cuando le llegue el momento? Lo pasará fatal, no quiero que esté sola.
- Y no lo estará. Para eso estaréis vosotros, para que os lo cuente y posteriormente me llaméis a mí. Yo le enseñaré todo lo que hay que saber, como dominar, como luchar, todo. No os preocupéis, todo saldrá bien.
Y de nuevo la imagen cesó. Estaba con la mano apoyada en el hombro de mi padre. Me miró con cara de preocupación.
-Allegra, ¿Qué te pasa?
-N-nada.

Retiré la mano del hombro, las sonrisas y ese ambiente de alegría se borraron de la mesa. ¿Qué diablos acababa de ver? ¿Qué era eso de dominar, luchar? ¿Se trataba acaso de esto que me acababa de ocurrir? ¿De las visiones? ¿Qué tenía que ver mi abuela en todo esto? ¿Qué es eso que me pasará? De nuevo, otra preocupación en mi mente.
El resto de la comida, apenas intercambiamos palabras. Cuando venía Guille a traernos las hamburguesas notaba que pasaba algo y se marchaba sin decir nada.
Llegamos a casa y me fui directa a mi habitación. No quería hablar con ellos. ¿Es que no tenía suficiente con todo lo que me pasaba? ¿Tenía que involucrase también mis padres y mi abuela? Con todo el cacao y el dolor de cabeza que empecé a tener, me acosté en la cama un rato y me quedé dormida.
Me despertó mi madre tocando la puerta. Me sentía aturdida, no podía pensar con claridad, estaba en estado de vigilia.
-Allegra venga levántate que luego no duermes por la noche. Y a ver si recoges un poco la habitación para que Lola no tenga mañana tanto trabajo, que me ha dicho que se tiene que marchar pronto.
Mi habitación siempre estaba hecha un caos. Encima del escritorio siempre había ropa, ya fuera limpia o sucia. Los zapatos que había usado durante la semana tirados por el suelo. La cama desecha, la litera de abajo sin poner sábanas. Y el armario hecho una leonera.
-Ajá…va… - murmuré como era capaz, medio dormida que todavía estaba.
Poco a poco me fui despertando y despejando. Iba a bajar para merendar algo antes de empezar a recoger, pero escuché a mi madre hablar con mi abuela por teléfono y decidí que sería mejor escuchar la conversación a ver si sacaba alguna información para resolver ese puzle que se estaba convirtiendo mi vida.
-No, mamá. Seguro que está bien. La acabo de llamar para que se despierte. Le he dicho que recoja la habitación. – silencio durante cinco segundos.
- No le va a pasar nada. Que solo se ha hecho un corte. – otro rato sin hablar.
- Bueno pues como quieras. Nosotros estamos aquí. Adiós mamá – silencio. Se escucha colgar el teléfono. – Antonio, mi madre viene aquí.
- ¿Para qué?
- Que quiere saber cómo está la niña.

Por ahora nada parecía fuera de lo normal. Una conversación madre-hija de la cual la abuela se preocupaba de su nieta. Un momento. Había dicho que venía aquí. Perfecto. Este era el momento de preguntarle algunas cosas y sacar a la luz todo este enigma que me rondaba.

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