miércoles, 11 de noviembre de 2009

Capítulo 8. Misterio.


8 MISTERIO
-¡Hola! – me saludó eufórico.
-¡Guille! ¿Qué haces por aquí tan temprano? – sentí una alivio o quizás una decepción al ver que no era quién yo me temía.
-Aquí… que voy al… ¿gimnasio? – Titubeó – Sí. Al gimnasio – Comentó más seguro de sí mismo. Esbozó su sonrisa que tanto adoraba.
-Am… eso está bien. – me había quedado bastante intrigada ante su vacilación. – Pues yo voy al instituto. Como ya me ves. – sonreí con ganas.
- Vaya… nunca había visto a nadie con tantas ganas de ir al instituto. ¿Quieres que te lleve?
-No sé… me da cosilla. Si ibas de camino al gimnasio… mejor que no te moleste.
-¡Ah pero por eso no importa! Si antes iba a ir a desayunar. Hay que coger energías. - levantó ambos brazos en forma de jarra dejando ver sus marcados músculos - Venga que te llevo.
-Gracias. Aunque todavía es muy pronto para ir. Si ni siquiera habrán abierto las puertas.
-No importa. Esperaremos hasta que abran. – Me guiñó el ojo. Me rodeó por el hombro y fuimos hasta su coche.
Era la primera vez, después de tantos años que nos conocíamos, que estábamos tan cerca y tan pegados. Siempre lo veía en la hamburguesería y apenas cruzábamos más de diez palabras. Se estaba preocupantemente cómoda a su lado. Agarrados así parecíamos una pareja, pero no me importaba suponerlo. Llegamos hasta su coche que se encontraba al final de la calle. Un Seat Ibiza 2009 color negro metálico. Último modelo. Me quedé boquiabierta ante tal auto.
-Mola ¿Eh? – fardó
-No sabía que se ganase tanto en los Ham’s 80. – dudó bastante en responder.
- Bueno… también hago trabajos extras. – enseñó sus dientes relucientes.
Era un tipo muy raro. Siempre parecía titubear cuando le preguntaba por algo tan simple. Pero aún así era muy simpático. Montamos en su coche. Había un aroma muy particular. Entre recién estrenado y al suyo en particular. Era agradable estar allí.
-Voy a poner un poco de música. ¿Te importa? – moví la cabeza de un lado a otro.
Colocó un CD en la radio y le dio al botón del play. Empezó a sonar de fondo Maldita Nerea. Era un estilo distinto al que yo escuchaba, pero no estaba mal. Siempre estaba dispuesta a escuchar todo tipo de música.
-¿Te gusta?
-No está mal. Pero yo suelo escuchar algo más… ¿fuerte?
-Algo…tipo… ¿Paramore? – lo miré con los ojos abiertos como platos. ¿Cómo sabía que me gustaba ese grupo? – ¿Qué? – me preguntó extrañado al ver mi expresión.
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Ah sí? ¿Te gusta Paramore? Es que yo también lo escucho algunas veces. Cuando me entra un subidón me lo pongo a tope en mi cuarto y solo pienso en saltar. – se entretuvo en mirarme durante unos cuantos segundos intentando descifrar mi expresión mientras iba conduciendo.
-¿Quieres mirar hacia delante? Que vamos a tener un accidente. – le advertí.
-Vale vale. Ya me concentro. – estaba aguantando las ganas de reírse. Estuvimos unos minutos sin hablar, pero el silencio no era incómodo.
-¡Din, don Dín! Señorita Allegra, repito, Señorita Allegra. Está a punto de llegar a su destino. Por favor indique a su chofer particular hacia donde se tiene que dirigir. Graciasss ¡Din, don dín! – imitó la voz de un megáfono de supermercado. No tuve otro remedio que reírme. Demasiado alegre estaba empezando el día.
- Cuando llegues a ese cruce de ahí, giras a la derecha. – nos cruzamos las miradas y empezamos a reírnos a carcajadas. En cuestión de un minuto ya habíamos llegado al instituto. Las puertas estaban cerradas como ya suponía.
-Bueno… ya estamos aquí. Son cinco euros de gasto de gasolina. – su rostro estaba sereno pero en sus ojos reflejaba un abismo de diversión. Levanté la ceja y torcí la boca hacia un lado.
-Lamento comentarle al chófer particular de la señorita Ranzzoni, que en estos momentos su jefa no dispone de suficientes fondos. Así que va a tener que… - no me dejó acabar.
-Así que va a tener que venir a recogerla a la salida del instituto. Para comprobar que vaya segura a casa y le pueda dar lo que le debe. – Sacó la lengua. Parecía un niño chico en vez de un muchacho de 19 años.
-Bueno está bien. – acepté. Me sentía muy bien a su lado. Hacía mucho tiempo que no experimentaba tal sensación. – Están abriendo las puertas. Creo que debería ir entrando.
-Pero si todavía no ha entrado nadie. ¿No quieres que te vean conmigo y con este pedazo de coche? – me lo ofreció con tanta picardía que no pude negarme.
-Vale. Pero solo hasta que llegue mi amiga. ¿Va? – puse mi cara inocente.
-Encantado de ser su chófer durante unos minutos más. – me tendió la mano y yo gustosamente se la di. Un grave error que cometí.
De nuevo, tuve otra visión. El lugar, esta vez, era una pequeña bahía. El mar estaba revuelto. Tiempo de resaca. La arena fina como el polvo, se revolvía creando pequeños remolinos. A los lados no había escapatoria salvo enormes rocas donde rompían las olas furiosas. Solo se podía salir de aquella pequeña playa mediante un sendero que conducía a la carretera sin asfaltar. No se recomendaba salir de ese estrecho camino ya que a ambos lados se perdía de vista enormes árboles con mucha maleza. En aquel extraño lugar pude ver a Guille en frente de alguien, a unos veinte metros, pero nuevamente no pude ver de quién se trataba. Guille estaba muy rígido, tenso, alerta. Su rostro era inescrutable. Estaba esperando a que la otra persona hiciese algo. La sombra oscura se acercó a él a una velocidad incalculable, tenía algo en la mano pero no podía verlo. Estaba a punto de chillar… pero la visión cesó.

-Allegra… ¿Estás bien? – se mostraba muy confundido.
-Sí… - me costó recuperarme pero intenté que no se me notara mucho – claro. Entonces unos minutos más ¿no? – nuestras manos, aún seguían enlazadas. Pareció relajarse un poco.
-Por supuesto. – sonrió. Pero en sus ojos aún seguían aturdidos.
Después de la visión apenas hablamos. Siempre que parecía que todo iba bien, aparecían esas visiones. Aunque no lo mostraba, sentía angustia por lo que acababa de ver. Si eso ocurría de verdad, Guille estaba en peligro. ¿Podía yo ayudarlo? Ahora que me estaba entrenando… quién sabe. Tendría que pasar más tiempo con él. Le tenía cariño y no quería que nadie le hiciese daño.
-Entonces… ¿te espero a la salida?
-Pues claro, como habíamos quedado. Ahora me tengo que ir. He recordado que tengo que hacer unas gestiones antes de ir al gimnasio. Cuídate esa herida. Nos vemos luego. – ahora el que tenía bulla en irse era él.
- Cómo veas. Ya no debe tardar en llegar Natalia. – ya habían llegado bastantes alumnos, pero no me había percatado de nada.
Nos despedimos con dos besos. El roce de su piel me produjo un estremecimiento. Ambos sonreímos embarazosos. Cerré la puerta con cuidado y a los dos segundos desapareció a una velocidad increíble. Me quedé allí pasmada mirando el lugar vacío que había dejado. Sólo deseaba que no le pasase nada. Cuando reaccioné ante mi embobamiento me dirigí hacia el banco donde siempre esperaba a Natalia. Mientras que la esperaba, mi mente divagó por el mundo de la ensoñación.
Guille era un chaval carismático, pero ahora que había tenido trato con él me parecía muy misterioso. Se trababa mucho al hablar. Y cuando había tenido la visión cambió completamente de actitud. Se le podían ver en esos ojos oscuros. Pero aún así, me resultaba agradable estar a su lado y su calor era muy reconfortante.
Estos días estaban siendo muy ajetreados. Esta tarde me tocaba de nuevo entrenamiento con mi abuela. Tan sólo un día y ya estaba aburrida de hacer lo mismo. Pero tenía que capacitarme mentalmente. Ser fuerte. Prepararme para que Aarón no me hiciese más daño de lo que me había hecho ya, tanto físicamente como moral. Pensar en él me recordó que aún no lo había visto. Ojalá viniese después que Natalia. Así no tendría que volver a enfrentarme con él. Aunque cuando nos vimos ayer… fue distinto.
Natalia me sacó de mi ensimismamiento atrapando dulcemente con sus manos mi cara.
-¿Estás bien? Siento no haberte llamado ayer. Nos mandaron un montón de deberes.
-No importa. Mi abuela vino a visitarme y estuvimos ocupadas toda la tarde.
-Te dolió mucho ¿verdad? – su rostro mostraba preocupación.
-¿La verdad? No. Solo cuando hago movimientos bruscos me duele un poco.
-Ten más cuidado la próxima vez. – me aconsejó – Y ¿qué pasó con Aarón? ¿Por qué no se quedó contigo? – arqueé las cejas y me encogí de hombros.
-¿Tú como sabes que estaba con él?
-Hombre pues os vi bajando las escaleras los dos juntos. Y faltaste a primera. Muy inteligente no hay que ser. Además todo el instituto lo sabe.
-Saber… ¿el qué? – arqueé una ceja.
-Pues que tú y Aarón tenéis algo. Ayer no vino. Dicen que fue a tu casa a cuidarte. – me golpeó con el codo en el costado. Subía y bajaba las cejas.
-¿Perdón? – grité.
-¿No es así? – su expresión era de confusión.
-No – zanjé.
-Bueno… si tú lo dices. Pero entre vosotros dos hay algo… raro. Se puede ver una conexión… no sé de qué tipo… pero algo… es.
-Natalia… ya. – concluí con tono grosero.
-Vale vale, no me comas. Anda vamos que tengo que ir a la taquilla.
Deseo cumplido. Nos íbamos antes de que viniera. Me preguntaba por qué ayer no vino. Sí él no estaba herido. Sólo sabía una cosa segurísima. A cuidarme no había ido. Reí por dentro al pensar en esa situación. Un attak cuidando de una inmunita. Qué estupidez… ¿no? De nuevo, mi única amiga volvió a bajarme de las nubes.
-Toma sujétame esto. – le sostuve la carpeta mientras ella sacaba el libro de filosofía. Mierda… filosofía a primera… que rollo.

Más aburrida no podía ser. Estábamos con el tema de derechos y deberes. Lo odiaba. Pasaba de atender a la profesora. Como siempre me puse a organizar lo que me deparaba esta tarde. A la salida me espera Guille. Una sonrisa floja afloró en mi cara. Haría los deberes, estudiaría ya que ahora empezaba los exámenes finales y por la tarde entrenamiento. Creo que en esto se iba a convertir de aquí en adelante en una rutina. Aunque que Guille me pasase a recoger… eso era nuevo. La clase se me pasó flemática, parecía que nunca iba a acabar. Así transcurrió toda la mañana.
Por fin llegó la hora de la salida, que… tan extrañamente ansiosa había esperado todo el día. Pero quería esperar a Natalia así que me senté en el banco de siempre. No había visto a Aarón en toda la mañana, dudaba que hubiese venido hoy. Tardaba mucho… ¿se habría topado con Pablo? Si era así me podían dar las uvas… Estaba mirando hacia la puerta de la salida a ver si veía a un Seat Ibiza negro tan ensimismada que ni siquiera advertí que Natalia se había sentado a mi lado.

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