
10 SORPRESA
Ya han pasado dos meses desde que empecé a entrenarme. El instituto terminó sin más incidentes. Las notas… bueno como siempre. 4 sobresalientes, 7 notables, 1 bien. En este tiempo Guille y yo nos hemos hecho inseparables. Cada día siempre nos veíamos aunque fuese media hora y nos contábamos lo que nos había ocurrido en el día.
-¿Sabes? Una tía me ha pedido hoy mi teléfono cuando estaba en la barra. – me contó una de tantas tardes que pasábamos juntos.
-¿Sí? Anda mira el listo… Se lo habrás dado ¿no? Que se te nota en la cara que te hace falta una tía. – bromeé mientras le hacía cosquillas y ambos reíamos. Aunque aquella vez que me lo dijo sentí una extraña sensación de… celos.
-Claro… si ella no hubiera tenido novio. Porque me vino el pedazo de tío tan grande como un armario pidiéndome que dejara en paz a su novia, que no había parado de dejar de mirarla. – imitó el armario ensanchando exageradamente los hombros y abriendo las piernas dejando un gran hueco entre ellas. Ambos reímos durante varios minutos sin parar.
Aunque fuesen tan solo dos meses y algo, mi abuela me decía que había mejorado bastante en el manejo de la espada y que había notado un considerable cambio en mi forma de pensar. <<>> Me sonrió y como una adolescente, chocamos los cinco, me agarró la mano y nuestros hombros se toparon.
En el tema de las visiones, aún no se había cumplido ninguna de las dos que divisé hace tiempo. Y nuevas… mi abuela me estaba enseñando a controlar los impulsos. Ya podía manejar más o menos los estímulos que se encontraban en mi entorno y decidir cuando quería que me afectasen. Aún no podía ver visiones cuando yo quisiese, pero si podía controlarlas cuando presentía que iban a ocurrir. Entrenábamos con mis padres y ella. Se ponían a pensar con mucho interés en algo. Esto solía ser motivo de causarlas y yo tenía que ser capaz de impedir que llegasen hacia mí con mucha fuerza de voluntad y controlar a los órganos receptores.
De Aarón no supe nada más en cuanto acabó el instituto. Y antes… tampoco mantuvimos ninguna conversación más, salvo la que tuvimos aquella vez que lo confundí con Natalia. Simplemente nos dedicábamos a evitarnos. Yo podía sentir con cada día que pasaba que su poder era más grande aún. Cuando terminó el instituto, extrañamente, ansiaba ver aquellos ojos verdes que de manera incomprensible se habían metido en mi mente. Pero ahora… que tenía a Guille, apenas me acordaba de él. Guille no era ningún tipo de hombre tirita, ya que entre él y yo no había nada. Ni yo sentía lo suficientemente fuerte ese “coso” que era el causante de hacerme latir el corazón rápido hacia Aarón.
La relación entre mis padres había mejorado el triple de lo que eran antes. Ahora no tenía ningún secreto entre ellos. Bueno… salvo lo que en un pasado había sentido hacia él. Era satisfactorio saber que no había nada que ocultar a los que posiblemente serían mis verdaderos amigos, ya que nunca jamás me fallarían.
Con Natalia… bueno, no era lo mismo. Ella se fue distanciando poco a poco. Parecía que iban muy en serio Pablo y ella, y apenas hablábamos. No sabía nada de ella desde que acabó el instituto, salvo aún que otro correo. En este sentido… me daba cierta pena al ver como nuestra amistad se iba alejando poco a poco después de tanto tiempo. Tantos ratos divertidos que vivimos. Tantas risas… Recuerdo una vez, en un viaje que hicimos con mis padres, se encontraba una mujer muy tiquismiquis y muy bien vestida en el hotel donde nos alojábamos. Ésta nos miraba con cara de superioridad y siempre trataba a la gente despreciándola, como si fuésemos simples hormiguitas en su enorme mundo que rotaba alrededor de su ombligo. Éramos aún pre-adolescentes y se nos ocurrió entrar en la habitación del hotel donde se encontraba. Cogimos una bolsa de la basura que se encontraba en el carrito de las limpiadoras y la esparcimos por toda la habitación. Resultó que la bolsa que habíamos agarrado era de todos los cuartos de baño de la planta, por lo que solo había papel higiénico manchado. Aún me río al recordar la expresión de la señora horripilante al entrar en su perfecta habitación… Aquellos momentos nunca se olvidarán y los echaré de menos. Pero dicen que cuando se cierra una puerta, una ventana se abre. Ahora tenía a Guille como mejor amigo y era muy reconfortante.
Sonó el despertador. Nueve y media de la mañana. Este verano no me iba a tirar todas las mañanas acostadas y sin hacer nada. Deshice el nudo que tenía en mis pies con la sábana. Bajé de la cama descalza. El tacto con el suelo me espabiló un poco al estar tan fresquito. Somnolienta aún fui al cuarto baño arrastrando los pies. Llevaba puesto el pijama de verano. Una camiseta de tirantas y unos pantalones cortos negros. Me lavé los dientes, me eché agua fría en la cara, me hice un zurullo en el pelo y regresé a mi habitación. Cogí lo primero que pillé para estar en casa y bajé a la cocina a desayunar. Ya se habían ido mis padres, de nuevo… estaba sola. Tomé los cereales viendo un programa de actualidad. Coloqué en el equipo de música del salón el disco de Apocalyptica y con la canción I don’t care, empecé la limpieza de la casa. Ahora que estábamos en julio, Lola había pedido un mes de vacaciones para estar con su familia y alguien tenía que mantener la casa limpia. Barrí, quité el polvo, fregué y ordené las cosas del salón. Luego fui a la cocina y fregué los platos de anoche y la taza que acababa de ensuciar. Limpié la vitrocerámica y le pasé el paño mojado por la encimera. Barrí la cocina y la fregué. Miré el reloj… las doce y media. Esa era mi rutina de todos los días. Ayer ya limpié la parte de arriba por lo que decidí que me iba a leer un rato. Subí a mi habitación, cogí Dos velas para el diablo y me sumergí en la historia de Cat y Angelo. Estaba tan ensimismada en el libro que hicieron falta tres toques de timbre para que me diera cuenta de que estaban llamando a la puerta. Corriendo bajé las escaleras y abrí la puerta.
-¡Guille! ¿Qué haces aquí? ¿Tú no tendrías que estar trabajando? – salté a sus brazos como cada vez que lo veía. Luego nos dimos dos besos y le invité a entrar.
-Esto… Allegra, estamos a Martes. Los martes cierra la hamburguesería. – puso los ojos en blanco.
-Ups… es verdad. Se me ha ido la olla.
-¿Te importa que haya venido? Es que estaba aburrido… y bueno no sabía qué hacer. – me preguntó mientras nos sentábamos en el sofá.
-Pues claro que no me importa tonto. Además yo encantada, no tengo otra cosa mejor que hacer… - me encogí de hombros. Instintivamente, o quizás por aburrimiento, le pellizqué los mofletes con las manos y le moví la cara de un lado a otro haciendo enrojecer las mejillas.
-¡Au! – se quejó e imitó lo mismo que hacía yo pero con mi cara. – A ver ahora quien gana. – pronunció sin vocalizar debido al ensanchamiento del rostro.
Después de esa lucha en la que yo gané haciéndole dejar los mofletes casi morados, encendí la tele y nos tiramos allí un rato sin ver realmente nada.
-¿Quieres jugar un rato a la play? No hay nada en la tele. – le ofrecí mientras me miraba con esa sonrisa que tanto me encantaba.
-Va. – Había pillado esa manía de mí. – Siempre y cuando en la buhardilla haya aire. Hace un calor… - se abanicó con la mano. Luego su rostro se enrojeció ligeramente. – Allegra… ¿te importa si me quito la camiseta?
-Claro que no. Quítatela si quieres, pero si tenías tanta calor podías haberlo dicho y hubiera encendido el aire del salón. – me miró con los ojos entornados reprochándome de no haberlo puesto antes.
Aún así, se quitó la camiseta blanca que llevaba dejando ver sus abdominales y pectorales perfectos. Esos brazos bien marcados. Esos pelillos en el pecho apenas perceptibles. Ese moreno que había cogido de tantas horas al sol. Algo se encendió en mi interior recorriéndome un escalofrío por todo el cuerpo. Lo miré de arriba abajo. Guille estaba irresistible. Me mordí el labio inferior sin darme cuenta. Al parecer no podía quitar la vista en él.
-¿Qué? – me preguntó divertido. - ¡Ay! Pillina a ti sí que te hace falta un tío. – me sacó la lengua y me empezó a hacer cosquillas por el costado. - ¿Vamos o qué?
- Anda sí… venga. Porque vamos…
Subimos hasta la buhardilla. Encendí la tele y la videoconsola. Luego cogiendo el mando del aire se lo puse en la cara y lo encendí a 20 grados.
-¿Así está bien señorito? – hice un mohín de niña pequeña.
-Ponlo más bajo.
-Joder… tanta calor tienes ¿o qué?
- No… yo no. Es para ti. Para que te enfríes un poco.
Me quedé sin hablas ante su respuesta. Me quedé con la boca abierta y las cejas subidas. Un segundo después me abalancé sobre él como una loca para pegarle lo más fuerte que podía. Él me atrapó entre sus brazos sin que me pudiese mover.
-Eres un capullo. A ver si te vas a creer que estás bueno y todo. – de nuevo mi tono irónico. Su rostro se encontraba a escasos centímetros del mío. Ambos nos miramos intensamente durante unos segundos sin decir nada.
- ¿Ah no? – cada vez se iba acercando más. Su boca y la mía casi se tocaban. Me llegaba su respiración calmada.
- No – bisbiseé.
Cada vez estaba más cerca. Sólo tres centímetros de distancia. El roce de los cuerpos nos hacía temblar a los dos. Más próxima. Dos centímetros. Ya no pudo aguantar más y… nuestros labios se encontraron. Un beso dulce. Otro más largo. Uno más intenso. Más largos y apasionados siguieron los demás. Su mano recorrió mi espalda hacia arriba suavemente hasta llegar al cuello y posteriormente a mi pelo. Deshizo el moño. Mis brazos se fueron a su cuello agarrándolo con dulzura. Los besos eran más profundos. De repente el aire me parecía que estaba puesto a 40 grados. Mi cuerpo reaccionaba de una forma extraña. Pero mi corazón seguía latiendo al ritmo normal, un poco ajetreado por los movimientos. Su otra mano me cogió por la espalda atrayéndome más hacia él. Mis manos se deslizaban por su espalda apasionadamente. Sentíamos tal fuego los dos que era imposible parar. Su lengua recorrió el contorno de mis labios. De nuevo, besos cortos para volver a retomar la intensidad de antes. Nos movíamos de un lado a otro sin saber hacia dónde nos dirigíamos. Aquellas tardes de risas, de tantos secretos revelados. Tantos abrazos y mimos de amigos se habían convertido en besos ardientes llenos de diversión. Poco a poco fuimos bajando la fogosidad de esos besuqueos hasta quedar en un prolongado abrazo.
Despacio nos separamos lo suficiente para poder mirarnos a la cara. Después de lo que había pasado no tuvimos otra cosa que echarnos a reír.
-Yo creo que los dos hemos encontrado lo que cada uno había dicho que nos faltaba.
-¿Ein? – preguntó confuso.
-Nada, nada. Me embolo yo sola. – aún seguíamos abrazados de pie. Nos dimos un beso suave en los labios.
- Yo creo que antes de todo esto íbamos a jugar a la play ¿no? – llevó su brazo por encima de mi hombro deshaciendo el abrazo y llevándonos hasta el sofá.
-Pues sí. – Me levanté para coger el juego. Lo introduje en la videoconsola y me volví con él al sofá. Mientras se estaba cargando, de nuevo otra guerra de besos con risas entremetidas.
Estuvimos jugando durante bastante tiempo al juego de coches. En el cual siempre ganaba yo.
-¡Eso no vale! A mí no me times. Tú te sabes este juego de memoria. Me tienes que dar ventaja. – decía cada vez que le vencía con su cara de enfurruñado.
-Bah… no digas tonterías. Si vosotros tenéis un instinto para estas cosas.
Después de la décima vez que le gané, se rindió.
-Me tengo que ir. Se me ha hecho tarde.
-Eso huye ¡Cobarde! – soltó el mando encima de la mesita.
Me cogió por los hombros y me obligó a tumbarme. Empezó a hacerme cosquillas por todos los lados. Cuando ya paró. Se acercó de nuevo a mí para volverme a besar apasionadamente. Hizo un esfuerzo en parar.
-Enserio, me tengo que ir ya. ¿Me acompañas abajo? Tengo allí mi camiseta y puede que me pierda en esta mansión. – exageró.
- ¿A ti? ¿Desde cuándo? – arqueé una ceja mientras me iba incorporando.
-Ah bueno pues como quieras. Si luego me encuentras en tu cama no te asustes es que no he sabido salir de aquí. – se dirigía hacia la puerta de la buhardilla.
-Ains que bueno estás. – le di un tortazo en el culo.
-Te gusta ¿eh? – se lo frotó en tono caramelizado.
-Anda venga feo.
Bajamos hasta el salón. Se puso la camiseta que había dejado en la barandilla. Nos despedimos con un beso largo.
-Nos vemos esta tarde. – no era una pregunta. Ya estábamos en la puerta.
-Esto… tengo cosas que hacer. – tenía entrenamiento con mi abuela.
-Ya, por eso. – me guiñó un ojo y salió por la puerta sin que le pudiese decir nada más. Esa respuesta me dejó bastante confundida.
Ya han pasado dos meses desde que empecé a entrenarme. El instituto terminó sin más incidentes. Las notas… bueno como siempre. 4 sobresalientes, 7 notables, 1 bien. En este tiempo Guille y yo nos hemos hecho inseparables. Cada día siempre nos veíamos aunque fuese media hora y nos contábamos lo que nos había ocurrido en el día.
-¿Sabes? Una tía me ha pedido hoy mi teléfono cuando estaba en la barra. – me contó una de tantas tardes que pasábamos juntos.
-¿Sí? Anda mira el listo… Se lo habrás dado ¿no? Que se te nota en la cara que te hace falta una tía. – bromeé mientras le hacía cosquillas y ambos reíamos. Aunque aquella vez que me lo dijo sentí una extraña sensación de… celos.
-Claro… si ella no hubiera tenido novio. Porque me vino el pedazo de tío tan grande como un armario pidiéndome que dejara en paz a su novia, que no había parado de dejar de mirarla. – imitó el armario ensanchando exageradamente los hombros y abriendo las piernas dejando un gran hueco entre ellas. Ambos reímos durante varios minutos sin parar.
Aunque fuesen tan solo dos meses y algo, mi abuela me decía que había mejorado bastante en el manejo de la espada y que había notado un considerable cambio en mi forma de pensar. <<>> Me sonrió y como una adolescente, chocamos los cinco, me agarró la mano y nuestros hombros se toparon.
En el tema de las visiones, aún no se había cumplido ninguna de las dos que divisé hace tiempo. Y nuevas… mi abuela me estaba enseñando a controlar los impulsos. Ya podía manejar más o menos los estímulos que se encontraban en mi entorno y decidir cuando quería que me afectasen. Aún no podía ver visiones cuando yo quisiese, pero si podía controlarlas cuando presentía que iban a ocurrir. Entrenábamos con mis padres y ella. Se ponían a pensar con mucho interés en algo. Esto solía ser motivo de causarlas y yo tenía que ser capaz de impedir que llegasen hacia mí con mucha fuerza de voluntad y controlar a los órganos receptores.
De Aarón no supe nada más en cuanto acabó el instituto. Y antes… tampoco mantuvimos ninguna conversación más, salvo la que tuvimos aquella vez que lo confundí con Natalia. Simplemente nos dedicábamos a evitarnos. Yo podía sentir con cada día que pasaba que su poder era más grande aún. Cuando terminó el instituto, extrañamente, ansiaba ver aquellos ojos verdes que de manera incomprensible se habían metido en mi mente. Pero ahora… que tenía a Guille, apenas me acordaba de él. Guille no era ningún tipo de hombre tirita, ya que entre él y yo no había nada. Ni yo sentía lo suficientemente fuerte ese “coso” que era el causante de hacerme latir el corazón rápido hacia Aarón.
La relación entre mis padres había mejorado el triple de lo que eran antes. Ahora no tenía ningún secreto entre ellos. Bueno… salvo lo que en un pasado había sentido hacia él. Era satisfactorio saber que no había nada que ocultar a los que posiblemente serían mis verdaderos amigos, ya que nunca jamás me fallarían.
Con Natalia… bueno, no era lo mismo. Ella se fue distanciando poco a poco. Parecía que iban muy en serio Pablo y ella, y apenas hablábamos. No sabía nada de ella desde que acabó el instituto, salvo aún que otro correo. En este sentido… me daba cierta pena al ver como nuestra amistad se iba alejando poco a poco después de tanto tiempo. Tantos ratos divertidos que vivimos. Tantas risas… Recuerdo una vez, en un viaje que hicimos con mis padres, se encontraba una mujer muy tiquismiquis y muy bien vestida en el hotel donde nos alojábamos. Ésta nos miraba con cara de superioridad y siempre trataba a la gente despreciándola, como si fuésemos simples hormiguitas en su enorme mundo que rotaba alrededor de su ombligo. Éramos aún pre-adolescentes y se nos ocurrió entrar en la habitación del hotel donde se encontraba. Cogimos una bolsa de la basura que se encontraba en el carrito de las limpiadoras y la esparcimos por toda la habitación. Resultó que la bolsa que habíamos agarrado era de todos los cuartos de baño de la planta, por lo que solo había papel higiénico manchado. Aún me río al recordar la expresión de la señora horripilante al entrar en su perfecta habitación… Aquellos momentos nunca se olvidarán y los echaré de menos. Pero dicen que cuando se cierra una puerta, una ventana se abre. Ahora tenía a Guille como mejor amigo y era muy reconfortante.
Sonó el despertador. Nueve y media de la mañana. Este verano no me iba a tirar todas las mañanas acostadas y sin hacer nada. Deshice el nudo que tenía en mis pies con la sábana. Bajé de la cama descalza. El tacto con el suelo me espabiló un poco al estar tan fresquito. Somnolienta aún fui al cuarto baño arrastrando los pies. Llevaba puesto el pijama de verano. Una camiseta de tirantas y unos pantalones cortos negros. Me lavé los dientes, me eché agua fría en la cara, me hice un zurullo en el pelo y regresé a mi habitación. Cogí lo primero que pillé para estar en casa y bajé a la cocina a desayunar. Ya se habían ido mis padres, de nuevo… estaba sola. Tomé los cereales viendo un programa de actualidad. Coloqué en el equipo de música del salón el disco de Apocalyptica y con la canción I don’t care, empecé la limpieza de la casa. Ahora que estábamos en julio, Lola había pedido un mes de vacaciones para estar con su familia y alguien tenía que mantener la casa limpia. Barrí, quité el polvo, fregué y ordené las cosas del salón. Luego fui a la cocina y fregué los platos de anoche y la taza que acababa de ensuciar. Limpié la vitrocerámica y le pasé el paño mojado por la encimera. Barrí la cocina y la fregué. Miré el reloj… las doce y media. Esa era mi rutina de todos los días. Ayer ya limpié la parte de arriba por lo que decidí que me iba a leer un rato. Subí a mi habitación, cogí Dos velas para el diablo y me sumergí en la historia de Cat y Angelo. Estaba tan ensimismada en el libro que hicieron falta tres toques de timbre para que me diera cuenta de que estaban llamando a la puerta. Corriendo bajé las escaleras y abrí la puerta.
-¡Guille! ¿Qué haces aquí? ¿Tú no tendrías que estar trabajando? – salté a sus brazos como cada vez que lo veía. Luego nos dimos dos besos y le invité a entrar.
-Esto… Allegra, estamos a Martes. Los martes cierra la hamburguesería. – puso los ojos en blanco.
-Ups… es verdad. Se me ha ido la olla.
-¿Te importa que haya venido? Es que estaba aburrido… y bueno no sabía qué hacer. – me preguntó mientras nos sentábamos en el sofá.
-Pues claro que no me importa tonto. Además yo encantada, no tengo otra cosa mejor que hacer… - me encogí de hombros. Instintivamente, o quizás por aburrimiento, le pellizqué los mofletes con las manos y le moví la cara de un lado a otro haciendo enrojecer las mejillas.
-¡Au! – se quejó e imitó lo mismo que hacía yo pero con mi cara. – A ver ahora quien gana. – pronunció sin vocalizar debido al ensanchamiento del rostro.
Después de esa lucha en la que yo gané haciéndole dejar los mofletes casi morados, encendí la tele y nos tiramos allí un rato sin ver realmente nada.
-¿Quieres jugar un rato a la play? No hay nada en la tele. – le ofrecí mientras me miraba con esa sonrisa que tanto me encantaba.
-Va. – Había pillado esa manía de mí. – Siempre y cuando en la buhardilla haya aire. Hace un calor… - se abanicó con la mano. Luego su rostro se enrojeció ligeramente. – Allegra… ¿te importa si me quito la camiseta?
-Claro que no. Quítatela si quieres, pero si tenías tanta calor podías haberlo dicho y hubiera encendido el aire del salón. – me miró con los ojos entornados reprochándome de no haberlo puesto antes.
Aún así, se quitó la camiseta blanca que llevaba dejando ver sus abdominales y pectorales perfectos. Esos brazos bien marcados. Esos pelillos en el pecho apenas perceptibles. Ese moreno que había cogido de tantas horas al sol. Algo se encendió en mi interior recorriéndome un escalofrío por todo el cuerpo. Lo miré de arriba abajo. Guille estaba irresistible. Me mordí el labio inferior sin darme cuenta. Al parecer no podía quitar la vista en él.
-¿Qué? – me preguntó divertido. - ¡Ay! Pillina a ti sí que te hace falta un tío. – me sacó la lengua y me empezó a hacer cosquillas por el costado. - ¿Vamos o qué?
- Anda sí… venga. Porque vamos…
Subimos hasta la buhardilla. Encendí la tele y la videoconsola. Luego cogiendo el mando del aire se lo puse en la cara y lo encendí a 20 grados.
-¿Así está bien señorito? – hice un mohín de niña pequeña.
-Ponlo más bajo.
-Joder… tanta calor tienes ¿o qué?
- No… yo no. Es para ti. Para que te enfríes un poco.
Me quedé sin hablas ante su respuesta. Me quedé con la boca abierta y las cejas subidas. Un segundo después me abalancé sobre él como una loca para pegarle lo más fuerte que podía. Él me atrapó entre sus brazos sin que me pudiese mover.
-Eres un capullo. A ver si te vas a creer que estás bueno y todo. – de nuevo mi tono irónico. Su rostro se encontraba a escasos centímetros del mío. Ambos nos miramos intensamente durante unos segundos sin decir nada.
- ¿Ah no? – cada vez se iba acercando más. Su boca y la mía casi se tocaban. Me llegaba su respiración calmada.
- No – bisbiseé.
Cada vez estaba más cerca. Sólo tres centímetros de distancia. El roce de los cuerpos nos hacía temblar a los dos. Más próxima. Dos centímetros. Ya no pudo aguantar más y… nuestros labios se encontraron. Un beso dulce. Otro más largo. Uno más intenso. Más largos y apasionados siguieron los demás. Su mano recorrió mi espalda hacia arriba suavemente hasta llegar al cuello y posteriormente a mi pelo. Deshizo el moño. Mis brazos se fueron a su cuello agarrándolo con dulzura. Los besos eran más profundos. De repente el aire me parecía que estaba puesto a 40 grados. Mi cuerpo reaccionaba de una forma extraña. Pero mi corazón seguía latiendo al ritmo normal, un poco ajetreado por los movimientos. Su otra mano me cogió por la espalda atrayéndome más hacia él. Mis manos se deslizaban por su espalda apasionadamente. Sentíamos tal fuego los dos que era imposible parar. Su lengua recorrió el contorno de mis labios. De nuevo, besos cortos para volver a retomar la intensidad de antes. Nos movíamos de un lado a otro sin saber hacia dónde nos dirigíamos. Aquellas tardes de risas, de tantos secretos revelados. Tantos abrazos y mimos de amigos se habían convertido en besos ardientes llenos de diversión. Poco a poco fuimos bajando la fogosidad de esos besuqueos hasta quedar en un prolongado abrazo.
Despacio nos separamos lo suficiente para poder mirarnos a la cara. Después de lo que había pasado no tuvimos otra cosa que echarnos a reír.
-Yo creo que los dos hemos encontrado lo que cada uno había dicho que nos faltaba.
-¿Ein? – preguntó confuso.
-Nada, nada. Me embolo yo sola. – aún seguíamos abrazados de pie. Nos dimos un beso suave en los labios.
- Yo creo que antes de todo esto íbamos a jugar a la play ¿no? – llevó su brazo por encima de mi hombro deshaciendo el abrazo y llevándonos hasta el sofá.
-Pues sí. – Me levanté para coger el juego. Lo introduje en la videoconsola y me volví con él al sofá. Mientras se estaba cargando, de nuevo otra guerra de besos con risas entremetidas.
Estuvimos jugando durante bastante tiempo al juego de coches. En el cual siempre ganaba yo.
-¡Eso no vale! A mí no me times. Tú te sabes este juego de memoria. Me tienes que dar ventaja. – decía cada vez que le vencía con su cara de enfurruñado.
-Bah… no digas tonterías. Si vosotros tenéis un instinto para estas cosas.
Después de la décima vez que le gané, se rindió.
-Me tengo que ir. Se me ha hecho tarde.
-Eso huye ¡Cobarde! – soltó el mando encima de la mesita.
Me cogió por los hombros y me obligó a tumbarme. Empezó a hacerme cosquillas por todos los lados. Cuando ya paró. Se acercó de nuevo a mí para volverme a besar apasionadamente. Hizo un esfuerzo en parar.
-Enserio, me tengo que ir ya. ¿Me acompañas abajo? Tengo allí mi camiseta y puede que me pierda en esta mansión. – exageró.
- ¿A ti? ¿Desde cuándo? – arqueé una ceja mientras me iba incorporando.
-Ah bueno pues como quieras. Si luego me encuentras en tu cama no te asustes es que no he sabido salir de aquí. – se dirigía hacia la puerta de la buhardilla.
-Ains que bueno estás. – le di un tortazo en el culo.
-Te gusta ¿eh? – se lo frotó en tono caramelizado.
-Anda venga feo.
Bajamos hasta el salón. Se puso la camiseta que había dejado en la barandilla. Nos despedimos con un beso largo.
-Nos vemos esta tarde. – no era una pregunta. Ya estábamos en la puerta.
-Esto… tengo cosas que hacer. – tenía entrenamiento con mi abuela.
-Ya, por eso. – me guiñó un ojo y salió por la puerta sin que le pudiese decir nada más. Esa respuesta me dejó bastante confundida.




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