
7 PREPARACIÓN
Mi madre volvió al ordenador de nuevo, yo me quedé un rato más allí delante del espejo. Esta simple pelusa, ya no pasaba tan desapercibida. Empezaba a crecer y a notarse su presencia. La que era una persona invisible, ahora se convertiría en una de las personas más representantes de los inmunitas.
Estaba sumergida en mis pensamientos pero el golpe de la puerta de la entrada me despertó. Cuando fui a abrirla me quedé boquiabierta al ver a mi abuela con dos bolsas gigantes y alargadas que llegaban hasta el suelo.
-Déjame entrar que pesan.
Me aparté, pero mi asombro aún perduraba. Las dejó apoyada en la mesita de la entrada. Venía exhausta, por lo que se sentó en uno de los sillones de la entrada.
-Abuela… pero… ¿Qué diablos es eso?
-Ah…cosillas. He ido a comprar las espadas de entrenamiento. Las mías ya están muy viejas. – su rostro era indiferente. Hablaba del asunto como si hubiese ido a comprar tomates.
- Y-ya ¿tan rápido? Creo que te dije que necesitaba tiempo para asimilarlo. – le dije con cuidado de no hacerle daño.
- Con las dos horas que has estado, ¿no te ha bastado? Si quieres te dejo más tiempo. – sus ojos reflejaban ansias de empezar, como si ahora tuviese algo con que pasar las tardes.
-Bueno… sí. Puedo decir que ya lo tengo un poco asimilado. Pero ¿no crees que vas demasiado deprisa?
-Allegra, ya sabes lo que te dije, cuanto antes comencemos mejor. Pero tranquila hoy no vamos a empezar.
Automáticamente solté un suspiro de alivio. A mi abuela debió de no parecerle muy bien ya que frunció el cejo levemente y sus labios estaban plisados.
-¡Silvia! Ven un momento por favor. – gritó mi abuela hacia el salón. Acto seguido mi madre entró en la entrada de la casa y al ver las espadas allí apoyadas, el rostro se le descompuso.
-Mamá… ¿Qué es esto? – mi madre tenía los ojos abiertos como platos y la boca desencajada. Más o menos el mismo rostro que el mío hace un minuto.
-Otra igual… pues las espadas de entrenamiento. He pensado que podíamos empezar mañana en el jardín de atrás. Allí no nos ve nadie.
-Bueno pues como quieras. Tú ¿qué opinas Allegra? – aún seguía en mi mundo. Me costaba asimilarlo tan pronto. Pero que otro remedio me quedaba.
-Me da igual. – admití con indiferencia.
-Ahora sí que me voy. Que tengo que ir haciendo la cena. – nos dio dos besos a mi madre y a mí. – Despídeme de Antonio. Mañana estaré aquí a las siete. Espero que te dé tiempo a hacer los deberes. – Asentí – Bueno, adiós.
-Adiós mamá – se despidió mi madre.
Cuando cerró la puerta de la entrada, de nuevo mi madre y yo estábamos a solas. Mi rostro no mostraba ninguna emoción. Sin ningún tipo de conciencia me quedé pasmada mirando a las espadas que aún seguían en la bolsa. Mi madre me miró con el entrecejo fruncido y su preocupación por saber lo que le pasa por la mente a su hija de casi diecisiete años.
-No pesan tanto como parece. Las de entrenamiento son más fáciles de manejar. Además ya verás cómo te resulta fácil. Lo llevas en la sangre. – me frotó el hombro dulcemente y después se marchó al salón.
Estaba allí embobada mirando aquellas espadas. Las subí a mi habitación y las saqué de la bolsa. Es cierto, no eran tan pesadas como me había advertido mi madre. Puede que mi abuela estuviese ya un poco mayor para llevar tantos trastos. Ahora que me fijaba eran muy parecidas a las de esgrima. No eran puntiagudas. La empuñadura estaba cubierta por una guarnición que cubría la mano, pero en vez de ser semicircular era perpendicular a la hoja. Ésta era fina y alargada y en el regazo llevaba escrito las iníciales R.G, mis apellidos Ranzzoni Garrido. Mi abuela se lo había tomado muy enserio. Me fijé que la otra, la cual sería la suya, no llevaba ninguna inicial escrita. Se lo tendría que preguntar al día siguiente. Sentía curiosidad por saber cómo se sentía tener una espada entre manos así que como Edward coge a Bella entre sus brazos en Crepúsculo, mi libro favorito, yo cogí la espada como si se fuera a romper en cualquier momento. No sé por qué, pero me invadió una sensación de seguridad al agarrarla, sentía como si la espada formase parte de mí. Ya con más confianza en ella, que me resultaba extrañamente cálida, me coloqué delante del espejo de mi habitación para ver cómo me vería en un futuro muy cercano. Pero no hizo falta imaginármelo, ya que tuve otra visión.
Me encontraba luchando con alguien, no podía ver quién era, solo veía una silueta negra. Estábamos en una sala forrada de madera por todos los lados, en el suelo había una colchoneta no muy gruesa de color azulón que cubría casi todo el suelo. La habitación no era muy grande, lo suficiente para luchar y espacio para cuatro o cinco espectadores. A los laterales había un par de ventanales, las cuales las vistas eran preciosas. Se podía ver kilómetros de césped y bosque verde, plantas con sus flores correspondientes. Daba la sensación de calma. Estaba atardeciendo y la luz que llegaba a la sala era anaranjada, hacía aún más encantador aquel lugar. Pero estábamos usando espadas más grandes, más pesadas. Los movimientos eran exactos, precisos. No sabía porqué pero no podía conseguir ver contra quién estaba luchando, pero se notaba en el ambiente que ambos estábamos a gusto. Nos unía algo más que un simple enfrentamiento. Y de nuevo… todo cesó.
¿Quién era esa persona con la que estaba luchando? Supongo que eso sería dentro de unos cuantos meses. No creo que aprenda tan rápido. Si aquello es el sitio de entrenamiento quiero irme ya. Dejé la espada apartada a un lado de mi habitación. En un día, dos visiones. Supongo que debería acostumbrarme a esto…
Miré el reloj, todavía eran las siete de la tarde. Este día se me estaba haciendo larguísimo. Quién diría que en el mismo día, le hubiese contado toda la verdad a Aarón, que éste me hubiese golpeado con la piedra, que hubiese ido al hospital, luego a comer a la hamburguesería favorita donde Guille y yo habíamos empezado algo raro…, la visión de mis padres, la visita de mi abuela, la historia de la verdad, las espadas…todo en un día. Ahora que lo pensaba estaba muy cansada. Me estaba empezando a doler la cabeza por la brecha. Mañana no iría al instituto.
Me duché tranquilamente, donde mis músculos se relajaron, luego, me puse mi pijama de verano. No creo que mis padres me cambiaran de instituto, apenas quedaba más de un mes para terminar el curso. Me tumbé en la cama y una nueva sensación bastante extraña estuvo rondando por mi estómago. ¿De verdad Guille me había guiñado el ojo? ¿De verdad habíamos estado coqueteando delante de mis padres? Guille siempre me había parecido un chico muy guapo y agradable, en mi opinión lo veía demasiado joven para trabajar, su sonrisa me encantaba y esos ojos negros me embrujaban, pero de ahí a tener algo con él… no sé si estaría dispuesta. Sin embargo… el corazón me latía deprisa al pensar en el chico prohibido. Aarón. No podía permitirme pensar en él, estaba totalmente abolido rondar por la cabeza de un inmunita un miembro de los attaks a menos que no fuera para matarlo. Además, ¿quién decía que me gustaba? ¿Mi corazón? Bah… el corazón muchas veces se equivoca. Y ¿Por qué no? ¿Por qué no podía intentarlo con Guille? Siempre me había tratado muy bien, aunque claro, supongo que ese era su deber, tratar bien a los clientes.
Dejé de comerme la cabeza y me puse al ordenador un rato. Miré el correo. Todos de publicidad, salvo algún que otro correo de cadenas. Cosa que también clasificaba en correo basura. Estaba aburrida y no sabía qué hacer. Por lo que me metí en Youtube y puse palabras relacionadas con la esgrima y espadas. Sin darme cuenta me tiré más de dos horas mirando videos. Tenía ya los ojos irritados de estar tanto tiempo al ordenador, así que bajé a cenar. La cena transcurrió bastante silenciosa. La comunicación con mis padres ya no estaba siendo la misma. Ahora estábamos más en tensión. Cené rápido y me fui a mi habitación. Me dejé caer en la cama y allí como caí, amanecí.
Me dolía mucho la cabeza. Miré el reloj. Eran las doce del mediodía. Llevaba durmiendo más de 13 horas. Me levanté y fui a curarme la herida. Me vestí con lo primero que pillé y bajé a la cocina a desayunar. A estas horas solo me apetecía un melocotón. Estuve pensando que haría de comer para el almuerzo. Macarrones con nata y bacón. Fui a mirar si había lo que necesitaba en la despensa. Me faltaba bacón y nata. Tendría que ir al supermercado de la calle que se encontraba cerca del instituto, la misma donde había visto a Aarón la última vez. Sentí un pinchazo en el corazón, pero lo ignoré.
Cogí las llaves de la casa, el mp3, el dinero y fui hacia allí. Estaba empezando a ponerme nerviosa al pensar en esta tarde. Extrañamente empezaba a echar de menos a aquella simple espada de entrenamiento. Los coches paseaban tranquilamente, alguno que otro sobrepasaba la velocidad debida, pero esa calle era como siempre. Me recorrió un estremecimiento al recordar la mañana de ayer. Cómo se había parado aquel movimiento de gente, cómo todo se había vuelto siniestro.
Llegué al supermercado. El aire acondicionado me dio de pleno en la cara. No había mucha gente. Fui directa a la sección de refrigerados. Al lado estaba la de salsas y guarniciones. La sensación de peligro se alertó en mi cuerpo. Eso solo podría significar una cosa. Él estaba aquí. Quería salir lo más rápido de este sitio antes de encontrármelo. Cogí rápidamente el bacón y me dirigí hacia donde estaba la nata líquida, pero justo en ese corto trayecto, nos encontramos. Parecía que los dos queríamos salir de allí sin que nos viéramos. Pero lamentablemente no habíamos tenido esa suerte. Sus ojos volvían a ser esmeraldas. Parecía calmado. Sin embargo, reflejaban curiosidad y a la vez miedo. Esta vez sin ningún accidente, los dos desaparecimos por caminos distintos.
Me sentía mareada. Ese encuentro había sido intenso. No sabía explicar qué había sentido, pero no había sido desagradable. Aún así, él era mi enemigo y tarde o temprano acabaríamos enfrentándonos. Pagué por la caja donde había menos gente para así no tener que volvernos a encontrar. Fui hasta mi casa a paso tan ligero que parecía que iba corriendo. Cuando entré a mi casa me sentí segura.
Todavía no eran las seis y media cuando sonó el timbre de la puerta. Era mi abuela.
-Abuela…creí que habíamos quedado a las siete.
-Sí, pero quería merendar antes. – se burló. - ¿Qué hay para comer? – entramos hacia la cocina.
- Creo que hay galletas de chocolate, dulces… - ofrecí.
-Me voy a hacer un café con leche. ¿Tú ya has merendado?
-No, he comido hace poco. – Me miró con los ojos entornados – Es que me he levantado a las doce y pico. Ayer fue un día muy ajetreado. – admití a regañadientes.
-Pues sí… y ahora empieza lo más duro.
Estuvimos merendando –bueno más bien, estuvo – en silencio. Pero no era incómodo. Ambas estábamos sumergidas en nuestros pensamientos. Yo me quedé la mayor parte del tiempo mirando a la pared intentando descifrar alguna que otra figura. Cuando acabó, me mandó a que bajase las espadas. Pero antes de hacerlo le conté mi visión.
-Abuela… antes de ir a por ellas… ayer, cuando las subí, me entró la curiosidad y cogí la que ponía mis iniciales. Entonces… tuve otra visión. – mi abuela seguía escuchándome atenta, con las manos apoyadas en la cara. – Vi un lugar muy bonito donde estaba entrenando con otra persona. Podía verlo todo con perfecto detalle, salvo a mi acompañante. ¿Sabes por qué ocurre? – le pregunté con curiosidad. Estuvo bastante tiempo meditando.
- Bueno cuando se empieza a ver visiones, las personas suelen estar bastantes confusas, sobre todo cuando son del futuro. Con entrenamiento y tiempo ya verás como verás todo más preciso y cuando tú quieras. Ese lugar… ¿estaba rodeado de césped y árboles?
-Sí. ¿Dónde es? Me gustaría saber en qué lugar de esta ciudad se encuentra tal semejante preciosidad. – desvió la mirada y no respondió a mi pregunta. Eso me dejó intrigada.
-Venga ve a por las espadas. – asentí y subí corriendo las escaleras. Estaba ansiosa. Mi corazón palpitaba rápidamente. Cogí las espadas y las bajé corriendo de nuevo. Con una sonrisa en la cara, mi abuela me esperaba al verme tan inquieta.
Salimos al jardín. Hora perfecta, ya que empezaba a ocultarse el sol poco a poco y no quemaba tanto como esta mañana.
-¿Estás segura de que podré hacerlo con esto ahí? – señalé a la enorme brecha que tenía en la cabeza.
-Tranquila, hoy no será muy duro. Solo te voy a enseñar a coger la espada y unos cuantos movimientos.
-Verás… ayer cuando la cogí, no sé pero me invadió una sensación de seguridad y sentía como si formara parte de mí. Parecía manejarla al 100%. – le confesé a mi abuela.
-Eso está bien. Significa que algo de tu instinto inmunita se ha despertado en ti. Pásame la mía. – se la lancé en cuanto me lo pidió.
-¿Por qué la tuya no tiene nada inscrito?
-Porque esta es una simple como otra cualquiera. Yo también tenía la mía pero está demasiada estropeada. Además si ya no oficio de inmunita no me ven necesario hacerme una con mis iniciales de nuevo.
-¿Quiénes?
-Los inmunitas más avezados. – asentí sin entender muy bien.
-Bueno, empecemos. – se colocó en frente de mí. – Lo básico es la colocación. Aunque luego en una lucha de verdad no sirva de mucho. Pero es imprescindible aprenderlo. – alzó su espada a la altura del hombro apuntando hacia mí. – Algo de parecido tiene con la colocación de la esgrima pero no mucho.
- En primer lugar, el saludo. – se colocó de perfil y levantó la mano derecha hacia arriba. Su postura reflejaba madurez y mucho más joven que una mujer de sesenta y cinco años – haz lo que yo haga. – me ordenó. La imité torpemente. – La espalda recta, hombros relajados y piernas no muy abiertas. Y… Allegra, hija mía, si eres diestra, te tienes que poner de perfil pero al contrario que yo. – enrojecí levemente. – Ahora que ya estamos colocadas correctamente, hay que hacer el choque de espadas que conlleva al enfrentamiento. Es como si fuera el estiramiento de los dorsales. Un movimiento elegante. Inclinas tu cuerpo hacia el lado donde está tu contrincante y chocáis las espadas. – a medida que me lo iba explicando lo íbamos haciendo – Con rápido movimiento, tiene que ser muy rápido – me volvió a repetir – tienes que cambiar tu postura enfrentándote a él – esa última palabra que había usado sólo me vino a la cabeza un nombre, el cual, me dio un pinchazo en el estómago, pero lo ignoré - y volver a colocar la espada a la altura del hombro. Con decisión y seguridad, ya podéis empezar la batalla. Pero – resaltó – hoy no es el día. Ni mañana tampoco. Estaremos entrenando la posición durante 4 o 5 días. Tienes que ser muy rápida a la hora de cambiar de postura. – asentí sin decir palabra.
Seguimos repitiendo el saludo durante una hora sin parar. Yo ya estaba aburrida de hacer siempre lo mismo, pero mi abuela insistía en que no era lo suficientemente rápida.
-Abuela… estoy cansada ya… me duele todo el cuerpo. ¿Por qué no paramos? - me quejé – Es solo el primer día.
-Bueno… creo que por hoy está bien. Mañana otra hora.
- ¿Otra hora con lo mismo? – gemí como una niña chica.
- ¿Quieres llegar a ser una buena luchadora o no? – me reprochó.
- Si… está bien.
El despertador sonó de nuevo. Hoy sí tocaba ir al instituto. Me removí entre las sábanas, quejumbrosa. Sin saber por qué, mi corazón latía rápido al pensar qué me deparaba hoy. Últimamente el instituto se estaba convirtiendo en un lugar bastante interesante. Aunque claro, sólo me habían pasado cosas malas. Me puse los vaqueros oscuros de pitillo, una camiseta roja y negra y las Converse rojas. Preparé la mochila y bajé a desayunar. Cereales y vaso con leche.
-¿Qué tal te fue ayer con la abuela? – me preguntó mi madre mientras le daba un mordisco a su tostada con mermelada.
- Bien…aunque un poco aburrida. Estuvimos haciendo lo mismo durante una hora.
-Bueno cariño, estas cosas son así. Ya sabes que para ser perfecta en algo hay q practicarlo mucho. – dijo mientras miraba la tostada.
-Ya… Bueno me voy ya, que se me hace tarde. Chau. Os quiero.
-Adiós cariño.
-Adiós Allegra.
En realidad no era tarde, sino más bien temprano. Había salido de mi casa cerca de media hora antes de que empezara el instituto. Solía tardar en llegar unos diez minutos. Iba andando tranquila por las calles sonando Sum 41 de fondo. Noté que alguien me tocó la espalda. Me quité los cascos y miré hacia atrás a ver de quién se trataba.
Mi madre volvió al ordenador de nuevo, yo me quedé un rato más allí delante del espejo. Esta simple pelusa, ya no pasaba tan desapercibida. Empezaba a crecer y a notarse su presencia. La que era una persona invisible, ahora se convertiría en una de las personas más representantes de los inmunitas.
Estaba sumergida en mis pensamientos pero el golpe de la puerta de la entrada me despertó. Cuando fui a abrirla me quedé boquiabierta al ver a mi abuela con dos bolsas gigantes y alargadas que llegaban hasta el suelo.
-Déjame entrar que pesan.
Me aparté, pero mi asombro aún perduraba. Las dejó apoyada en la mesita de la entrada. Venía exhausta, por lo que se sentó en uno de los sillones de la entrada.
-Abuela… pero… ¿Qué diablos es eso?
-Ah…cosillas. He ido a comprar las espadas de entrenamiento. Las mías ya están muy viejas. – su rostro era indiferente. Hablaba del asunto como si hubiese ido a comprar tomates.
- Y-ya ¿tan rápido? Creo que te dije que necesitaba tiempo para asimilarlo. – le dije con cuidado de no hacerle daño.
- Con las dos horas que has estado, ¿no te ha bastado? Si quieres te dejo más tiempo. – sus ojos reflejaban ansias de empezar, como si ahora tuviese algo con que pasar las tardes.
-Bueno… sí. Puedo decir que ya lo tengo un poco asimilado. Pero ¿no crees que vas demasiado deprisa?
-Allegra, ya sabes lo que te dije, cuanto antes comencemos mejor. Pero tranquila hoy no vamos a empezar.
Automáticamente solté un suspiro de alivio. A mi abuela debió de no parecerle muy bien ya que frunció el cejo levemente y sus labios estaban plisados.
-¡Silvia! Ven un momento por favor. – gritó mi abuela hacia el salón. Acto seguido mi madre entró en la entrada de la casa y al ver las espadas allí apoyadas, el rostro se le descompuso.
-Mamá… ¿Qué es esto? – mi madre tenía los ojos abiertos como platos y la boca desencajada. Más o menos el mismo rostro que el mío hace un minuto.
-Otra igual… pues las espadas de entrenamiento. He pensado que podíamos empezar mañana en el jardín de atrás. Allí no nos ve nadie.
-Bueno pues como quieras. Tú ¿qué opinas Allegra? – aún seguía en mi mundo. Me costaba asimilarlo tan pronto. Pero que otro remedio me quedaba.
-Me da igual. – admití con indiferencia.
-Ahora sí que me voy. Que tengo que ir haciendo la cena. – nos dio dos besos a mi madre y a mí. – Despídeme de Antonio. Mañana estaré aquí a las siete. Espero que te dé tiempo a hacer los deberes. – Asentí – Bueno, adiós.
-Adiós mamá – se despidió mi madre.
Cuando cerró la puerta de la entrada, de nuevo mi madre y yo estábamos a solas. Mi rostro no mostraba ninguna emoción. Sin ningún tipo de conciencia me quedé pasmada mirando a las espadas que aún seguían en la bolsa. Mi madre me miró con el entrecejo fruncido y su preocupación por saber lo que le pasa por la mente a su hija de casi diecisiete años.
-No pesan tanto como parece. Las de entrenamiento son más fáciles de manejar. Además ya verás cómo te resulta fácil. Lo llevas en la sangre. – me frotó el hombro dulcemente y después se marchó al salón.
Estaba allí embobada mirando aquellas espadas. Las subí a mi habitación y las saqué de la bolsa. Es cierto, no eran tan pesadas como me había advertido mi madre. Puede que mi abuela estuviese ya un poco mayor para llevar tantos trastos. Ahora que me fijaba eran muy parecidas a las de esgrima. No eran puntiagudas. La empuñadura estaba cubierta por una guarnición que cubría la mano, pero en vez de ser semicircular era perpendicular a la hoja. Ésta era fina y alargada y en el regazo llevaba escrito las iníciales R.G, mis apellidos Ranzzoni Garrido. Mi abuela se lo había tomado muy enserio. Me fijé que la otra, la cual sería la suya, no llevaba ninguna inicial escrita. Se lo tendría que preguntar al día siguiente. Sentía curiosidad por saber cómo se sentía tener una espada entre manos así que como Edward coge a Bella entre sus brazos en Crepúsculo, mi libro favorito, yo cogí la espada como si se fuera a romper en cualquier momento. No sé por qué, pero me invadió una sensación de seguridad al agarrarla, sentía como si la espada formase parte de mí. Ya con más confianza en ella, que me resultaba extrañamente cálida, me coloqué delante del espejo de mi habitación para ver cómo me vería en un futuro muy cercano. Pero no hizo falta imaginármelo, ya que tuve otra visión.
Me encontraba luchando con alguien, no podía ver quién era, solo veía una silueta negra. Estábamos en una sala forrada de madera por todos los lados, en el suelo había una colchoneta no muy gruesa de color azulón que cubría casi todo el suelo. La habitación no era muy grande, lo suficiente para luchar y espacio para cuatro o cinco espectadores. A los laterales había un par de ventanales, las cuales las vistas eran preciosas. Se podía ver kilómetros de césped y bosque verde, plantas con sus flores correspondientes. Daba la sensación de calma. Estaba atardeciendo y la luz que llegaba a la sala era anaranjada, hacía aún más encantador aquel lugar. Pero estábamos usando espadas más grandes, más pesadas. Los movimientos eran exactos, precisos. No sabía porqué pero no podía conseguir ver contra quién estaba luchando, pero se notaba en el ambiente que ambos estábamos a gusto. Nos unía algo más que un simple enfrentamiento. Y de nuevo… todo cesó.
¿Quién era esa persona con la que estaba luchando? Supongo que eso sería dentro de unos cuantos meses. No creo que aprenda tan rápido. Si aquello es el sitio de entrenamiento quiero irme ya. Dejé la espada apartada a un lado de mi habitación. En un día, dos visiones. Supongo que debería acostumbrarme a esto…
Miré el reloj, todavía eran las siete de la tarde. Este día se me estaba haciendo larguísimo. Quién diría que en el mismo día, le hubiese contado toda la verdad a Aarón, que éste me hubiese golpeado con la piedra, que hubiese ido al hospital, luego a comer a la hamburguesería favorita donde Guille y yo habíamos empezado algo raro…, la visión de mis padres, la visita de mi abuela, la historia de la verdad, las espadas…todo en un día. Ahora que lo pensaba estaba muy cansada. Me estaba empezando a doler la cabeza por la brecha. Mañana no iría al instituto.
Me duché tranquilamente, donde mis músculos se relajaron, luego, me puse mi pijama de verano. No creo que mis padres me cambiaran de instituto, apenas quedaba más de un mes para terminar el curso. Me tumbé en la cama y una nueva sensación bastante extraña estuvo rondando por mi estómago. ¿De verdad Guille me había guiñado el ojo? ¿De verdad habíamos estado coqueteando delante de mis padres? Guille siempre me había parecido un chico muy guapo y agradable, en mi opinión lo veía demasiado joven para trabajar, su sonrisa me encantaba y esos ojos negros me embrujaban, pero de ahí a tener algo con él… no sé si estaría dispuesta. Sin embargo… el corazón me latía deprisa al pensar en el chico prohibido. Aarón. No podía permitirme pensar en él, estaba totalmente abolido rondar por la cabeza de un inmunita un miembro de los attaks a menos que no fuera para matarlo. Además, ¿quién decía que me gustaba? ¿Mi corazón? Bah… el corazón muchas veces se equivoca. Y ¿Por qué no? ¿Por qué no podía intentarlo con Guille? Siempre me había tratado muy bien, aunque claro, supongo que ese era su deber, tratar bien a los clientes.
Dejé de comerme la cabeza y me puse al ordenador un rato. Miré el correo. Todos de publicidad, salvo algún que otro correo de cadenas. Cosa que también clasificaba en correo basura. Estaba aburrida y no sabía qué hacer. Por lo que me metí en Youtube y puse palabras relacionadas con la esgrima y espadas. Sin darme cuenta me tiré más de dos horas mirando videos. Tenía ya los ojos irritados de estar tanto tiempo al ordenador, así que bajé a cenar. La cena transcurrió bastante silenciosa. La comunicación con mis padres ya no estaba siendo la misma. Ahora estábamos más en tensión. Cené rápido y me fui a mi habitación. Me dejé caer en la cama y allí como caí, amanecí.
Me dolía mucho la cabeza. Miré el reloj. Eran las doce del mediodía. Llevaba durmiendo más de 13 horas. Me levanté y fui a curarme la herida. Me vestí con lo primero que pillé y bajé a la cocina a desayunar. A estas horas solo me apetecía un melocotón. Estuve pensando que haría de comer para el almuerzo. Macarrones con nata y bacón. Fui a mirar si había lo que necesitaba en la despensa. Me faltaba bacón y nata. Tendría que ir al supermercado de la calle que se encontraba cerca del instituto, la misma donde había visto a Aarón la última vez. Sentí un pinchazo en el corazón, pero lo ignoré.
Cogí las llaves de la casa, el mp3, el dinero y fui hacia allí. Estaba empezando a ponerme nerviosa al pensar en esta tarde. Extrañamente empezaba a echar de menos a aquella simple espada de entrenamiento. Los coches paseaban tranquilamente, alguno que otro sobrepasaba la velocidad debida, pero esa calle era como siempre. Me recorrió un estremecimiento al recordar la mañana de ayer. Cómo se había parado aquel movimiento de gente, cómo todo se había vuelto siniestro.
Llegué al supermercado. El aire acondicionado me dio de pleno en la cara. No había mucha gente. Fui directa a la sección de refrigerados. Al lado estaba la de salsas y guarniciones. La sensación de peligro se alertó en mi cuerpo. Eso solo podría significar una cosa. Él estaba aquí. Quería salir lo más rápido de este sitio antes de encontrármelo. Cogí rápidamente el bacón y me dirigí hacia donde estaba la nata líquida, pero justo en ese corto trayecto, nos encontramos. Parecía que los dos queríamos salir de allí sin que nos viéramos. Pero lamentablemente no habíamos tenido esa suerte. Sus ojos volvían a ser esmeraldas. Parecía calmado. Sin embargo, reflejaban curiosidad y a la vez miedo. Esta vez sin ningún accidente, los dos desaparecimos por caminos distintos.
Me sentía mareada. Ese encuentro había sido intenso. No sabía explicar qué había sentido, pero no había sido desagradable. Aún así, él era mi enemigo y tarde o temprano acabaríamos enfrentándonos. Pagué por la caja donde había menos gente para así no tener que volvernos a encontrar. Fui hasta mi casa a paso tan ligero que parecía que iba corriendo. Cuando entré a mi casa me sentí segura.
Todavía no eran las seis y media cuando sonó el timbre de la puerta. Era mi abuela.
-Abuela…creí que habíamos quedado a las siete.
-Sí, pero quería merendar antes. – se burló. - ¿Qué hay para comer? – entramos hacia la cocina.
- Creo que hay galletas de chocolate, dulces… - ofrecí.
-Me voy a hacer un café con leche. ¿Tú ya has merendado?
-No, he comido hace poco. – Me miró con los ojos entornados – Es que me he levantado a las doce y pico. Ayer fue un día muy ajetreado. – admití a regañadientes.
-Pues sí… y ahora empieza lo más duro.
Estuvimos merendando –bueno más bien, estuvo – en silencio. Pero no era incómodo. Ambas estábamos sumergidas en nuestros pensamientos. Yo me quedé la mayor parte del tiempo mirando a la pared intentando descifrar alguna que otra figura. Cuando acabó, me mandó a que bajase las espadas. Pero antes de hacerlo le conté mi visión.
-Abuela… antes de ir a por ellas… ayer, cuando las subí, me entró la curiosidad y cogí la que ponía mis iniciales. Entonces… tuve otra visión. – mi abuela seguía escuchándome atenta, con las manos apoyadas en la cara. – Vi un lugar muy bonito donde estaba entrenando con otra persona. Podía verlo todo con perfecto detalle, salvo a mi acompañante. ¿Sabes por qué ocurre? – le pregunté con curiosidad. Estuvo bastante tiempo meditando.
- Bueno cuando se empieza a ver visiones, las personas suelen estar bastantes confusas, sobre todo cuando son del futuro. Con entrenamiento y tiempo ya verás como verás todo más preciso y cuando tú quieras. Ese lugar… ¿estaba rodeado de césped y árboles?
-Sí. ¿Dónde es? Me gustaría saber en qué lugar de esta ciudad se encuentra tal semejante preciosidad. – desvió la mirada y no respondió a mi pregunta. Eso me dejó intrigada.
-Venga ve a por las espadas. – asentí y subí corriendo las escaleras. Estaba ansiosa. Mi corazón palpitaba rápidamente. Cogí las espadas y las bajé corriendo de nuevo. Con una sonrisa en la cara, mi abuela me esperaba al verme tan inquieta.
Salimos al jardín. Hora perfecta, ya que empezaba a ocultarse el sol poco a poco y no quemaba tanto como esta mañana.
-¿Estás segura de que podré hacerlo con esto ahí? – señalé a la enorme brecha que tenía en la cabeza.
-Tranquila, hoy no será muy duro. Solo te voy a enseñar a coger la espada y unos cuantos movimientos.
-Verás… ayer cuando la cogí, no sé pero me invadió una sensación de seguridad y sentía como si formara parte de mí. Parecía manejarla al 100%. – le confesé a mi abuela.
-Eso está bien. Significa que algo de tu instinto inmunita se ha despertado en ti. Pásame la mía. – se la lancé en cuanto me lo pidió.
-¿Por qué la tuya no tiene nada inscrito?
-Porque esta es una simple como otra cualquiera. Yo también tenía la mía pero está demasiada estropeada. Además si ya no oficio de inmunita no me ven necesario hacerme una con mis iniciales de nuevo.
-¿Quiénes?
-Los inmunitas más avezados. – asentí sin entender muy bien.
-Bueno, empecemos. – se colocó en frente de mí. – Lo básico es la colocación. Aunque luego en una lucha de verdad no sirva de mucho. Pero es imprescindible aprenderlo. – alzó su espada a la altura del hombro apuntando hacia mí. – Algo de parecido tiene con la colocación de la esgrima pero no mucho.
- En primer lugar, el saludo. – se colocó de perfil y levantó la mano derecha hacia arriba. Su postura reflejaba madurez y mucho más joven que una mujer de sesenta y cinco años – haz lo que yo haga. – me ordenó. La imité torpemente. – La espalda recta, hombros relajados y piernas no muy abiertas. Y… Allegra, hija mía, si eres diestra, te tienes que poner de perfil pero al contrario que yo. – enrojecí levemente. – Ahora que ya estamos colocadas correctamente, hay que hacer el choque de espadas que conlleva al enfrentamiento. Es como si fuera el estiramiento de los dorsales. Un movimiento elegante. Inclinas tu cuerpo hacia el lado donde está tu contrincante y chocáis las espadas. – a medida que me lo iba explicando lo íbamos haciendo – Con rápido movimiento, tiene que ser muy rápido – me volvió a repetir – tienes que cambiar tu postura enfrentándote a él – esa última palabra que había usado sólo me vino a la cabeza un nombre, el cual, me dio un pinchazo en el estómago, pero lo ignoré - y volver a colocar la espada a la altura del hombro. Con decisión y seguridad, ya podéis empezar la batalla. Pero – resaltó – hoy no es el día. Ni mañana tampoco. Estaremos entrenando la posición durante 4 o 5 días. Tienes que ser muy rápida a la hora de cambiar de postura. – asentí sin decir palabra.
Seguimos repitiendo el saludo durante una hora sin parar. Yo ya estaba aburrida de hacer siempre lo mismo, pero mi abuela insistía en que no era lo suficientemente rápida.
-Abuela… estoy cansada ya… me duele todo el cuerpo. ¿Por qué no paramos? - me quejé – Es solo el primer día.
-Bueno… creo que por hoy está bien. Mañana otra hora.
- ¿Otra hora con lo mismo? – gemí como una niña chica.
- ¿Quieres llegar a ser una buena luchadora o no? – me reprochó.
- Si… está bien.
El despertador sonó de nuevo. Hoy sí tocaba ir al instituto. Me removí entre las sábanas, quejumbrosa. Sin saber por qué, mi corazón latía rápido al pensar qué me deparaba hoy. Últimamente el instituto se estaba convirtiendo en un lugar bastante interesante. Aunque claro, sólo me habían pasado cosas malas. Me puse los vaqueros oscuros de pitillo, una camiseta roja y negra y las Converse rojas. Preparé la mochila y bajé a desayunar. Cereales y vaso con leche.
-¿Qué tal te fue ayer con la abuela? – me preguntó mi madre mientras le daba un mordisco a su tostada con mermelada.
- Bien…aunque un poco aburrida. Estuvimos haciendo lo mismo durante una hora.
-Bueno cariño, estas cosas son así. Ya sabes que para ser perfecta en algo hay q practicarlo mucho. – dijo mientras miraba la tostada.
-Ya… Bueno me voy ya, que se me hace tarde. Chau. Os quiero.
-Adiós cariño.
-Adiós Allegra.
En realidad no era tarde, sino más bien temprano. Había salido de mi casa cerca de media hora antes de que empezara el instituto. Solía tardar en llegar unos diez minutos. Iba andando tranquila por las calles sonando Sum 41 de fondo. Noté que alguien me tocó la espalda. Me quité los cascos y miré hacia atrás a ver de quién se trataba.




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