
2 ENCONTRONAZOS
Me levanté más confusa de lo que me acosté. No estaba más mareada. No tenía la garganta seca por hablar por las noches. No había restos de lágrimas por mis ojos…no había…nada. ¿Qué estaba sucediendo? Había demasiados cambios en mi vida con tan solo un día de diferencia. No estaba acostumbrada a este tipo de cosas y me estaba ocurriendo a mí. A una insignificante pelusa en este mundo de película de terror. La cual nunca le ocurría nada. Esto era pasarse de la raya. Estaba acostumbrada a una vida monótona y a mi cuerpo débil no le sentía bien esto de los cambios. Me sentía más cansada, más agotada mental. Simplemente me desplazaba de un lado a otro sin ser consciente de nada.
Me levanté más confusa de lo que me acosté. No estaba más mareada. No tenía la garganta seca por hablar por las noches. No había restos de lágrimas por mis ojos…no había…nada. ¿Qué estaba sucediendo? Había demasiados cambios en mi vida con tan solo un día de diferencia. No estaba acostumbrada a este tipo de cosas y me estaba ocurriendo a mí. A una insignificante pelusa en este mundo de película de terror. La cual nunca le ocurría nada. Esto era pasarse de la raya. Estaba acostumbrada a una vida monótona y a mi cuerpo débil no le sentía bien esto de los cambios. Me sentía más cansada, más agotada mental. Simplemente me desplazaba de un lado a otro sin ser consciente de nada.
Llegué al instituto después de haber pasado el interrogatorio de mis padres. Les dije la simple verdad, que no había soñado y también a ellos les pareció bastante extraño. No quería seguir con ese asunto así que me dispuse a enfrentarme al otro problema que me rondaba. El chico de mis sueños. No le dije así porque me gustase sino porque era la verdad. Era el chico con el que soñé anoche y ya que no sabía su nombre…
Nunca había tenido un sueño premonitorio. Como los que a veces sueña la gente. Cuando vives algo que habías soñado y no sabes si ocurrió de verdad o fue la sensación de haber ocurrido.
Tenía miedo de volver a encontrármelo de nuevo. De volver a sentir esa angustia y de que me quedara allí pasmada, como si fuera visto un ángel, más bien un demonio en este caso. Tenía que esquivarlo lo máximo posible. Pero ¿y si daba la casualidad otra vez de encontrarnos en los cambios de clase? ¿Y si inconscientemente lo buscaba para volverlo a ver? No sé porque pero me atraía. Era como si fuese un poder que me atrajera hacia él. Pero no quería volver a caer. Esta vez tendría que estar más despierta y no pasearme por los pasillos. Sino más bien, tener los ojos bien abiertos y esquivarlo lo máximo posible.
Natalia llegó más tarde que yo. Ya la estaba esperando en uno de los bancos que había a la derecha, uno de tantos junto con su césped perfecto. Era nuestro banco. Ninguno de los otros se sentaba allí. Ese era nuestro y nos pertenecía, el banco de las raras.
-Hola, ¿qué tal? Hoy te veo mejor. ¿Has dormido bien? – Arrulló todas las palabras de golpe como si decidiese quitarse ese asunto lo más pronto posible.
- Digamos que sí… Hoy he dormido toda la noche sin parar.
- Pues me alegro por ti. Se te ve que tienes mejor cara.
-¿Si? – mi voz sonó una octava más alta.
- Sí… - se extrañó bastante por el cambio de tono con el que había hablado – ¿No debería ser así?
-Supongo…
Sonó el timbre. La hora que tanto deseaba que no llegara, al final se acercó. No tenía ni la más mínima gana de pasar por los pasillos del pabellón. Podría saltarme la clase y no entrar. Pero a los diez minutos de no entrar, llamarían a mis padres y les diría que no fui a clase y eso supondría un castigo más en la lista. No tenía ganas de ganarme un sermón. No tuve más remedio que entrar dentro de él. Con solo hacerlo ya noté ese frío que sentí ayer y me estremecí de arriba abajo. Estaba cerca. Lo presentía. Tarde o temprano me lo iba a encontrar. ¿Qué pasaría esta vez? No quería ni pensarlo. Simplemente dejar que sucedieran los hechos. Porque ¿qué otra cosa podía hacer? No sería capaz de echar a volar o de apartarle de un empujón con unos superpoderes de heroína. Era una insignificante pelusa y tales como yo no podían hacer nada cuando se presentaba este cierto tipo de circunstancias.
Sonó el timbre. La hora que tanto deseaba que no llegara, al final se acercó. No tenía ni la más mínima gana de pasar por los pasillos del pabellón. Podría saltarme la clase y no entrar. Pero a los diez minutos de no entrar, llamarían a mis padres y les diría que no fui a clase y eso supondría un castigo más en la lista. No tenía ganas de ganarme un sermón. No tuve más remedio que entrar dentro de él. Con solo hacerlo ya noté ese frío que sentí ayer y me estremecí de arriba abajo. Estaba cerca. Lo presentía. Tarde o temprano me lo iba a encontrar. ¿Qué pasaría esta vez? No quería ni pensarlo. Simplemente dejar que sucedieran los hechos. Porque ¿qué otra cosa podía hacer? No sería capaz de echar a volar o de apartarle de un empujón con unos superpoderes de heroína. Era una insignificante pelusa y tales como yo no podían hacer nada cuando se presentaba este cierto tipo de circunstancias.
Dejé a un lado ese sentimiento que me producía el estar allí dentro junto con él, estuviera donde estuviese y decidí que hoy sería otro día normal. A primera hora tenía matemáticas. Bien, así mi mente estaría atenta toda la clase y no podría pensar. Pero al parecer no era tan fuerte como ya suponía y aunque había apalancado esa angustia a un lado, me vino otra comedura de cabeza que no había tenido en cuenta por estar tan preocupada por el asunto de este chico. No había soñado. Esto me mataba. Desde que me ocurrió aquello, era mi deseo dejar de recordar todo lo que soñaba y poder dormir tranquila. Pero ahora que lo había conseguido – al menos por una noche – me alarmaba más de lo que esperaba. No hacía otra cosa que preguntarme porque me pasaba esto. Solo ha sido una noche, segura que ya mañana volveré a soñar. Me lo repetía una y otra vez para calmarme y poder prestar atención en la clase, pero la verdad, es que desde que me senté al entrar, no la había prestado. De vez en cuando miraba a la pizarra, veía nada más que ecuaciones y gráficas, debíamos estar con geometría, pero no podía estar segura. Para mi sorpresa sonó el timbre. La clase se me había pasado extrañamente rápida. Cuando no quieres que pase el tiempo siempre pasa el doble de rápido.
Salí de clase pitada sin esperar a Natalia para dirigirme a la siguiente, si no recordaba mal, tenía inglés. La clase de inglés estaba en la tercera planta. Con un poco de suerte, no me lo encontraría si salía corriendo escaleras arriba y con los libros cubriéndome la cara. Me choqué con varios chicos y éstos me reprocharon que fuera más despacio, pero logré mi fin.
Había llegado a inglés sin verlo. Quizás si fuera así a todas las clases podría evitarlo. Tampoco no era tan malo, solo tenía que entrar la primera en clase y olvidar a todos con los que me topara. Natalia llegó cinco minutos más tarde – los que nos daban de cambio de clase – donde me lanzó una mirada de reproche. Me tendría que inventar otra magnífica excusa para explicarle este comportamiento. La verdad, es que no sé cómo me aguantaba tanto.
La clase, como la anterior, pasó igual de rápido, pero esta vez intenté prestar más atención. La profesora me preguntó varias veces. Algunas me pillaba sumida en mis pensamientos que quería encerrar con candados, cadenas y cerrojos, y otras estaba tan atenta que sabía cuando me tocaba responder. Nos mandó para casa hacer unas fichas y tres páginas del libro. Lo haría al llegar a casa y así me mantendría algo ocupada junto con las tareas domésticas.
Natalia, al parecer, le duraba el resquemor de haberle dejado tirada en mates, pero es que tenía que hacerlo. No podía contarle lo que me pasó con ese chico, esos ojos olivinos, esa mirada de frialdad, esa relación con la pesadilla anterior, cada vez que me ponía a pensarlo mi cuerpo daba convulsiones y ¿cómo le iba a explicar esto que me pasaba sin que me pusiese a temblar? No, no quería meterla en problemas. Aunque ahora no existiese ningún motivo de ello, pero sabía que tarde o temprano sucedería.
Ahora tocaba educación física en las pistas. Esta vez sí podría ir más tranquila porque sabía que no había forma de encontrármelo, me tocaba abajo y a esta hora solo daba clase en el patio la nuestra. Podría acompañar a Natalia y arreglar las cosas con ella, pero no sin antes bajar las tres plantas corriendo. Siempre había alguna posibilidad de que estuviésemos subiendo o bajando las escaleras al mismo tiempo. Ahora sí podría avisarla para tenerla precavida aunque estuviese mosqueada, pero la esperaría en la puerta que da al exterior.
Fuimos a los vestuarios para cambiarnos de ropa y ponernos el chándal, ninguna de las dos habló. Esta situación estaba empezando a resultar incómoda, aunque no fuera yo la que hablase, Natalia siempre me contaba todas sus cosas. Tenía que arreglar esto como fuera y ahora que estábamos solas las dos, no podía desaprovechar la oportunidad.
-Bueno ¿qué tal con Pablo? - Intenté sacar la conversación con su último rollo a ver si así se le pasaba pero no me respondía, con que tuve que dar por supuesto algunos hechos para que me llevara la contraria, al menos – Te metió mano. – No era una pregunta.
- ¿Qué dices?
Bien, esa era una buena señal. Ya me había hablado al menos. Ahora solo tenía que seguir preguntándole durante unos minutos más para que olvidara estos comportamientos extraños míos.
-Entonces ¿Qué hicisteis el otro día en el centro? – Puse mi cara más interesada que pude.
-Pues lo de siempre, fuimos a la placita del centro y me invitó a un helado.
-¡Vaya! Esto sí que es nuevo, Pablo invitando a una chica.
Pablo, el mejor amigo del popular del instituto. El segundo más solicitado entre las chicas, rubio de ojos azules y pecas en la cara, el más guapo de todos. El que se lo tenía tan creído que siempre pedía a las chicas con las que salía que lo invitasen a comer. Aunque Natalia no vestía igual que él y que las otras chicas del insti, no le disgustaba estar relacionada con ellos.
-Bah…eso debe ser que ganaría suficiente dinero como para derrocharlo con alguien como yo.
-No digas tonterías, aunque Pablo tuviese dinero, nunca invitaría nada a nadie. Le debes de gustar bastante.
-¿Tú crees? – Se acercó a mí con la cara llena de esperanza que siempre me pone cuando hablamos del chico que le gusta, ya debía de habérsele pasado el enfado.
-Pues claro, sino ya me dirás tú, a que viene eso. – Le sonreí todo lo que sabía. Ambas nos miramos y empezamos a reírnos a carcajadas. – Anda, venga, vamos a la clase que ya habrán empezado a calentar.
Por unos instantes había olvidado todo y solo pensaba en reír y disfrutar con Natalia. Si siempre fuera así…
Todos los alumnos estaban alrededor del profesor escuchando alguna explicación de él. Eso era extraño ya que siempre empezábamos a correr dando vuelta a las pistas y luego nos sentábamos en uno de los bancos donde nos explicaba que era lo que íbamos a hacer en la hora. Pero al parecer hoy iba a ser diferente y eso no me gustaba nada. Lo más seguro es que fuésemos a hacer algunas pruebas de preselección para los campeonatos que ya se estaban acercando y la verdad, es que no me apetecía. De repente noté como la sensación de angustia se hacía más grande, como si notara que estuviese más cerca de lo que temía. Pero no le hice caso ya que no quería volver a estropear nuestra recién arreglada amistad. Seguramente sería porque estaba en la primera planta dando clase y la sensación me llegaba más de cerca. No podía estar aquí. Solo estaba nuestra clase en el patio, por lo que guardé ese sentimiento en un baúl y lo cerré con doble candado. Natalia y yo nos acercamos con los demás.
-Hoy va a ser una clase especial como ya he dicho antes. El otro profesor de educación física y yo nos hemos puesto de acuerdo para que los alumnos de segundo de bachiller os de a vosotros una clase, siendo ellos los profesores. Así que a partir de ahora yo supervisaré los alumnos de segundo y a vosotros para ver si les hacéis caso.
De repente, toda mi clase estaba riéndose de nerviosismo. Los y las chicas de segundo dando clase a los de primero. Era como un aperitivo para la vista – según ellos – y eso les encantaba. Empezó a escucharse silbidos y a verse saltos de alegrías por las chicas. Natalia y yo solo nos miramos, sin ningún tipo de motivación.
-Bueno pues según mi lista – continuó hablando Carlos – hoy les toca a Rafa y Aarón. Chicos ya podéis salir.
Dos chicos salieron del departamento, uno de complexión bastante normalita y otro mucho más fuerte, y dos cabezas más altas que el anterior.
El sentimiento que había encerrado en el baúl salió disparado con la máxima potencia posible hasta mi corazón. Cubriéndome por completo de puro pánico y dejándome allí taladrada al mismísimo centro de la tierra, dejándome sin color alguno en la cara y con los ojos abiertos como platos, cuando vi aquellos ojos esmeralda, aquella melenita castaña oscura.
Sus ojos no dudaron ni en segundo en posarse sobre mí. Entre tantos alumnos que éramos, nada más en ponerse en el campo de visión de todos, esos maravillosos ojos se clavaron en los míos como la primera vez que lo vi. No duró más de diez segundos ese juego de miradas, pero para eso yo ya estaba petrificada otra vez, como ayer. La angustia seguía siendo la misma. Esa sensación de terror, de querer correr y huir como cuando está a punto de atropellarte un camión. Pero mi cuerpo quería quedarse ahí, parado, ya que no me respondía.
Ambos chicos eran guapísimos. El chico más bajo, de ojos pardos, nariz puntiaguda, pecas esparcidas por la cara, boca mediana y dientes blancos se llamaba Rafa ya que el profesor lo llamó para pedirle el apellido antes de comenzar y el chico misterioso, el de mis sueños, pero que me producía tal angustia se llamaba Aarón.
Empezó a hablar Rafa una vez que ya estaba todo preparado para empezar la clase, pero yo estaba aún apalancada en el suelo y apenas oía de fondo lo que decía.
-Pues bueno, vamos a dar una clase de bádminton, donde vamos a explicar los distintos tipos de saque, de pase y eso… - se le arrullaban las palabras por el nerviosismo, Rafa se puso colorado por los guiños que recibía de las desesperadas de mi clase.
-Primero vamos a empezar a calentar corriendo durante tres minutos, después estiraremos algo y Rafa empezará a explicar el saque, luego yo seguiré con el pase de globo. – Aarón habló sin vacilar ni un instante.
Su voz era serena, tan suave como la misma seda. Te invitaba a seguir a su lado. A no separarte de él. Hubiera ido hacia él como una hipnotizada si no hubiese estado allí tan asustada.
Aarón y Rafa se pusieron a correr y los demás los siguieron pero yo estaba allá clavada y mis músculos no reaccionaban. Sentía tantas sensaciones distintas y a la vez que se atropellaban todas de golpe. Angustia, dolor, miedo, fascinación, respeto, pánico, atracción, hostilidad…, tantos sentimientos y apenas dos de ellos eran buenos, por decirlo de algún modo.
Todos me miraban, ellos estaban alrededor de mi corriendo y yo allí en medio de tanta gente. Podía sentir como los pelos se me erizaban cada vez que él me miraba. Entonces ese miedo y respeto se multiplicaban el doble. Sentía más ganas de correr como los demás pero en dirección totalmente opuesta a ellos para huir. ¿Es que ellos no presenciaban esa tensión en el ambiente? ¿Y esos comportamientos extraños que habían sentido hace tan solo un día, ya se les había pasado? ¿Esto solo me ocurría a mí? ¿Me estaba volviendo paranoica de verdad? Pero no podía ignorar tantas cosas que mi cuerpo me producía. Debía de ser la tensión de estos días tan ajetreados que había tenido que mis músculos se agarrotaban con el mínimo cambio.
Fue entonces cuando Natalia se acercó a mí y me empujó para correr, ya que si el profesor me veía sin hacer nada me pondría mala nota. Como un robot automatizado empecé a trotar torpemente, destornillando mis pies del suelo y descongelándome del miedo. Apenas sin saber lo que hacía. Solo tenía una cosa en mente y era salir corriendo de allí. Sabía que estaba en peligro estando cerca de él pero no sabía el motivo que me producía esto. Así que solo fui capaz de pararme y mentirle al profesor para que me dejara ir al servicio y quedarme ahí toda la hora.
Estaba fuera del campo de visión de Aarón y me sentía un poco mejor, aunque ese torrente de sensaciones continuaba rondando por mi cuerpo. Tenía que hacer algo con este chico. Averiguar qué era lo que me pasaba y porque cada vez que lo veía me sentía así de mal. De verdad que iba a cogerle miedo a ir a clase con solo pensar que estaba por allí. Tenía dos opciones, o me acostumbraba a esa angustia que me provocaba o preguntarle porque me pasaba esto.
Estaba fuera del campo de visión de Aarón y me sentía un poco mejor, aunque ese torrente de sensaciones continuaba rondando por mi cuerpo. Tenía que hacer algo con este chico. Averiguar qué era lo que me pasaba y porque cada vez que lo veía me sentía así de mal. De verdad que iba a cogerle miedo a ir a clase con solo pensar que estaba por allí. Tenía dos opciones, o me acostumbraba a esa angustia que me provocaba o preguntarle porque me pasaba esto.
Considerando que la segunda opción me tacharía de loca compulsiva al sentir miedo por un chico normal y corriente, la primera opción ganaba. Debería tragarme esas sensaciones y convivir con ello.
No fui a educación física en toda la hora. Aunque hubiese decidido tragarme todo lo que sentía, necesitaba mi tiempo para asimilarlo.
No había de que preocuparse por un chaval más. Era como los chicos que me gustaba, sí. Sin embargo ese pánico no era por la sensación de sentir amor ni nada parecido. Era miedo de verdad. Pero como no sabía que me provocaba tal cosa, debía de luchar contra ello y hacer como si fuera un chico normal, que de hecho lo era – aunque yo no lo viera así.
Pasaron los días y cada día que pasaba era más capaz de apartar esos sentimientos a un lado y olvidar lo que mi cuerpo percibía cuando lo veía de casualidad. Y con cada día que pasase, eso significaba que pasaba otra noche más sin soñar, sin recordar nada. Era como si tan solo hubiera pasado una hora en toda la madrugada. Todos estos años soñando cada noche y de repente llega un simple día y se termina todo. Así de sencillo. Era como si mente se hubiese cansado de trabajar tanto. Mi cuerpo se encontraba mucho más relajado y me sentía más alegre, con más ganas de afrontar el día. No quería pensar en las razones del por qué me pasaban estas cosas, ya que si me ponía a intentar averiguarlo me volvería loca de remate. No encontraba ninguna razón del porqué. No había ni un indicio que me ayudase a encontrar la respuesta, por lo que solo dejaba que ocurriesen los hechos.
Ya era apenas inmune a la mirada de Aarón. Cuando los martes nos tocaba en la misma planta y en clases opuestas, aunque nuestras miradas se cruzaran de casualidad, ya no me provocaba ese aturdimiento ni ese temor – sabía que sí, lo seguía sintiendo, pero lo había dejado a un lado con tanto esfuerzo que apenas ya provocaba esos efectos que me había causado la primera vez que sentí ese cambio en él.
No me caía demasiado bien, su mirada era hostil. Dejando atrás sensaciones que me provocaba, no parecía un chico demasiado sociable. Siempre iba con los labios sellados y el ceño fruncido. Parecía enfadado con la vida y no me producía confianza.
En un intercambio de clase, cuando iba a la taquilla para coger el libro de biología, yo iba en mi mundo, como siempre. Planeando lo que deparaba esta tarde, que deberes tenía que hacer, que me tocaba recoger y esas cosas… cuando me choqué de lleno con un chico. Se me cayeron todos los libros al suelo que llevaba en la mano. El chico caballerosamente – aún no había mirado quién era – me ayudó a recogerlos y en un momento de casualidad, cuando íbamos a recoger el mismo libro, su mano áspera rozó la mía. En ese momento toda mi vida cambió.




Hola ^^, pues me pasaron tu evento del tuenti y la verdad.. me encanta cómo escribes =), es muy interesante la historia y estaré esperando los próximos capitulos =D.
ResponderEliminarYo también escribo historias y tal >.< aunque.. últimamente no escribo mucho xD.
Si quieres puedes pasarte por mi blog =)
Saludos ^^