miércoles, 21 de octubre de 2009

Capítulo 1. Pesadilla.


1 PESADILLA

Puedo ver a lo lejos un prado verde. Tan verde que parece algo irreal. Pájaros cantando a un ritmo relajante. Las nubes dibujando figuras extrañas. El sol pegándome en la cara. El sonido de un riachuelo corriendo por las rocas y mariposas volando por el prado como si fueran lo único que existe en el mundo. Cerca de ahí, un chico y una chica están abrazados y dormidos apoyados en el tronco de un árbol, como tantos hay en el bosque que acecha. De repente, el cielo se vuelve gris. Empieza a llover. Las mariposas se esconden. Todo se vuelve siniestro. Los dos chicos corren hacia el bosque intentando ocultarse de algo, pero no logro saber el qué. Los rayos empiezan a vislumbrarse entre las nubes grises. Todo se queda en absoluto silencio. Hasta el río parece haberse callado. Algo muy malo está a punto de ocurrir. Lo sé. Lo presiento. Mi instinto me dice que tengo que salir corriendo de ahí, huir como los dos chicos que han escapado de esta oscuridad. Intento correr pero mis piernas no me responden. Necesito salir de aquí ya. Añoro la tranquilidad. Veo una sombra que se va acercando hacia mí. Tengo que hacer algo para escapar. Si chillo quizás me oiga alguien y venga a rescatarme pero sé que será demasiado tarde. Ya me habrá cogido. Sea lo que sea que viene. No tengo más remedio que esperar a que venga. No hay otra alternativa. Este es mi fin, aquí va a acabar mi vida. En un prado que ni siquiera sé donde es. Esto es el final. Adiós mamá, adiós papá, no sufráis por mí, yo también os quiero mucho. No puedo más. La desesperación recorre todo mi cuerpo. Las lágrimas y el pánico empiezan a bajar por mi cara. Acurrucada. Así me encontrará la cosa que me esté causando tanto dolor. Aquí me tiene… llorando como una cobarde sin poder correr. ¿Por qué no viene ya? No aguanto esperar. Lo que tenga que ser será. Solo veo unos ojos verdes, tan brillantes que parecen diamantes. Va a matarme. Me causará mucho daño. Empiezo a chillar, mis últimas palabras: No lo hagas.

Pipipí, pipipí, pipipí. Bajé de la cama de un salto, sobresaltada por el ruido del despertador. Estaba aturdida, desorientada. Aún no estaba situada en el presente. Fui al baño para enjuagarme la cara con agua y estar algo más despierta. Mi reflejo en el espejo me trajo de vuelta a la pesadilla que por un momento había olvidado. Fue entonces que me acordé de esos terribles ojos verdes. Esa angustia que nunca antes había experimentado. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Sentía como mi pijama estaba húmedo y unos martillazos que sólo sonaban en mi cabeza. Fui de nuevo a mi habitación para vestirme. ¿Así había dejado mi habitación la noche anterior? Seguro que no… estaba todo desordenado. Las sábanas por los suelos, la almohada en el lado extremo de la cama, los zapatos esparcidos por toda la habitación… no recordaba haberlos sacado del armario.

Me quedé embobada mirando el desastre que era mi cuarto recordando aquella espantosa pesadilla que quería olvidar. Las odiaba a muerte. Cada vez que tenía una de estas siempre solía pensar en algo agradable para relegar lo anterior. Pero ésta había sido especial, nunca antes había experimentado tal miedo y angustia.

Aunque por muy real que fuera la pesadilla, tenía que ser fuerte, levantarme y seguir adelante. Olvidarlo todo, prepararme para ir al instituto y hacer como si nada hubiera pasado. Hoy no era una excepción. No obstante la pesadilla seguía dando vueltas en mi cabeza.

La explicación a la preocupación de este sueño horrible se debía a mi extraño poder de ensoñación. Hace justo siete años mientras dormía profundamente, sentí como un extraño escalofrío y un torrente de poder recorrían mi cuerpo. Cuando desperté no sabía si había sido un simple sueño o había ocurrido de verdad. Pero a partir de aquella noche podía acordarme de todos los sueños de cada día del año. Era muy extraño y de hecho, cuando se lo conté a mis padres, la reacción de ellos fue muy rara.

-Papi, mami… ayer tuve un sueño muy raro. Mi cuerpo se puso a temblar y sentí que alguien me ponía una vacuna. Y, y, y esa vacuna tenía algo que iba andando por dentro de mí. – les conté aquella vez que tuve esa sensación. Los rostros de mis padres se tornaron blancos como la pared y no dijeron ni una palabra más después de mi información.


Ésta de hoy, me había resultado bastante extraña. Los sueños que tenían solían tratar siempre más o menos de lo mismo. Paisajes distorsionados, rostros de personas desencajados, cuadros montados unos encima de otros… Continuamente había algo desfigurado en mis sueños y bastante abstractos. Pero hoy… había sido todo muy real. Parecía estar en aquel lugar observando el entorno que me envolvía, era tan…distinto. Al fin y al cabo… era solo un sueño… ¿no?


Empecé a guardar los zapatos en el armario ovillados para al menos poder pisar sin doblarme un tobillo. Me miré en el espejo de mi habitación. Estaba horrible. Tenía unas ojeras que me llegaban hasta las mejillas, mi pelo estaba hecho un caos, tenía legañas por todos los lados como consecuencia de haberse secado las lágrimas y estaba más blanca de lo habitual.

Fantástico, un lunes y parecía la niña del exorcista. Si ya en el instituto me miraban con cara de rara por no ir vestida como iban vestidos el noventa y cinco por ciento de los adolescentes, hoy que aparentaba una muerta no quería ni pensar como me verían. Decidí ponerme mi pantalón negro y la camiseta gris para igualar mi aspecto.

Perfecto mis padres seguían abajo desayunando. Con un poco de suerte me preguntarían porque tenía tan mala cara. No tenía ganas de recordar la pesadilla que todavía rondaba por mi cabeza.
-Hola cariño, ¿qué tal esta noche? Te he escuchado gritar varias veces. – ¿No me digas?, no me había dado cuenta - ¿Te encuentras bien? – su voz sonaba preocupada.

- Sí mamá, ya sabes otra pesadilla de las mismas, no pasa nada. – intenté quitarle importancia al asunto.

- Bueno Allegra, ya sabes, si nos lo quieres contar, nosotros estamos aquí para lo que sea.
Mi madre siempre intentaba animarme cuando me veía dolida. Pero dejé de contarles mis sueños cuando vi que se aburrían que todas las mañanas su hija de 13 años le contara que había soñado con monstruos que le perseguían. Ya ni siquiera me hacían caso, así que cuando fui consciente de que no les interesaba, me guardé para mí, mis absurdos sueños.

- No mamá gracias, solo ha sido una tontería. – Mi voz se fue desvaneciendo conforme iba hablando hasta quedarse en un susurro. A mí no me parecía una bobada, realmente me había afectado. – Bueno me voy ya, que llego tarde. Os quiero.

Salí pitada de mi casa sin desayunar antes de que se me pusieran a interrogarme. No era una de esas chicas que les contaban todo a todos. Más bien era una reprimida que se callaba todo para sí misma y que arreglaba los problemas por sí sola, sin ayuda de nadie.

Aún era temprano para llegar al instituto. Cogí mi mp3 y me puse a escuchar Paramore. No tenía ganas de hablar con nadie. Cada árbol que veía me recordaba a la pesadilla, cada nube gris, cada pareja que divisaba… todo era tan parecido a la realidad que me estremecía con solo pensarlo. Había algo de real en ese sueño. Sabía que tarde o temprano iba a pasar algo parecido.


No sabía el motivo pero así lo sentía. Tenía una corazonada. Aunque claro, no podía ocurrir tal cual, era algo imposible. Pero mi cuerpo y mente estaban alerta cada paso que daba hacia el instituto, como si notasen algún cambio repentino en el ambiente.

Tenía que pasar de ese tema. Realmente me estaba volviendo paranoica. Empezaba a pensar que llevaban razón todos los que me miraban con cara rara. Puede que verdaderamente lo fuera y lo que es peor, que los niñatos se orgullecieran de llevarla.

La mañana en el instituto pasó ausente. Apenas fui consciente de lo que pasó. Me desplazaba de una clase a otra como lo que parecía, una zombi. No me di cuenta de si realmente los adolescentes, por llamarlos de un modo, me miraban. La verdad es que me importaba poco. Lo que realmente me preocupaba era como relacionaba todo con aquel sueño. Pero al final de las clases logré despejarme y fue donde me di cuenta de algo que no me había fijado antes.

Cuando estuve a punto de entrar por la puerta del instituto, tuve que entrar a la fuerza porque mi instinto y mi cabeza me decían que algo allí había cambiado. Aunque todo seguía en su sitio, la misma entrada de metal recién comprado por quinta vez, el edificio de los de primer y segundo año a la derecha con su color blanco reluciente recién pintado, el primer patio de entrada con sus flores color rosa y amarillas, calzada de gravilla. Todo en orden y limpio. En el centro, el edificio de tercer y cuarto año comunicado con el primero por un túnel también de color blanco, a ambos lados del túnel con ventanas alargadas sin necesidad de rejas,( ya que todo los alumnos eran - yo no me incluía - perfectos y con la media de sobresaliente), más a la izquierda se podía ver las distintas pistas con sus correspondientes redes de vóley y bádminton y al fondo de ellas, a lo más alejado se encontraba el edificio de bachillerato y ciclos, de tres plantas donde en la planta baja estaba el gimnasio. Todo esto a dimensiones de un hotel de lujo, tan grande que te podías perder con solo entrar por el portón de fuera.

Todo estaba en su sitio, tan perfecto como siempre. Pero había algo cambiado, y no era la única que lo sentía. Todos estaban más cautelosos a la hora de hablar, miraban más alrededor por si había alguien escuchándoles, notaban como si alguien hubiera cambiado y ese alguien pudiera estar alerta de todos… alguien peligroso.

Cuando salí de matemáticas, a última, me topé con uno de los pocos chicos que no vestían y eran igual que los demás pijos. No sabía su nombre pero sabía que no era como todos. Vestía con un pantalón vaquero viejo y una camiseta negra con formas abstractas de color blanco.


Normalmente los chicos de este instituto perfecto - sacados de una película de terror - todos iban con sus pantalones de pinza, las faldas y jerséis a cuadros, camisas por debajo de éstos, polos de rombos, colores claros y ninguna de las prendas la usaban más de tres veces al mes.


Realmente no sabía cómo mis padres me habían matriculado aquí cuando vieron que yo no encajaba con ellos. Suponía que no les gustaba que su hija con ya diecisiete años no hubiera pasado la etapa de rebeldía y se hubiera vuelto como los “normales” y al meterme en este infierno se creían que iba a cambiar.


Al toparme con aquellos ojos esmeralda… tan llenos de energía…con ansia de poder - realmente no sabía cómo describir ese encuentro - fue algo como un deja vu. Pero sabía que no lo había vivido antes… O puede que sí. De repente, me acordé del sueño de esta mañana. Aquellos ojos verdes, esos que me iban a matar.

Al chico lo había visto mil veces por el instituto y aunque fuera distinto a los demás, no me había llamado mucho la atención. Si bien era de musculatura fuerte, bastante más alto que yo, con melenita parda, boca pequeña y unos dientes relucientes, eso no significaba que me atrajera. Pero cuando esos perfectos ojos toparon con los míos, verdaderamente tuve que dar varios pasos atrás. Estábamos a solas. Ya casi todos se habían marchado. Todo era tan parecido a aquella pesadilla… Su mirada me produjo tal extraña sensación que tuve que retroceder. No era la misma observación que se producía cuando nos encontrábamos por casualidad en los cambios de clases, su mirada producía verdadero terror. Pero debía de ser que yo que era más rara de lo que me decían debido a que me quedé allí. Aguantándole la mirada. Sobreponiendo mi cabeza a mi instinto. No era el mismo de siempre. En efecto, algo había cambiado en el instituto y ahora tenía la respuesta en frente de mí.

No hablamos ni siquiera. Pero ambos supimos que fue algo sorprendente porque estaba claro que ninguno de los dos tuvimos la mínima idea de que íbamos a tener una guerra de miradas, en el que yo gané. No me produjo una sensación de terror, sino de frío. Mis vellos se erizaron. Pero se rompió ese enlace visual y caminó alejándose por las escaleras para marcharse. Diría que con los puños cerrados, pero no lo pude ver muy bien.

Yo, sin embargo, me quedé allí petrificada como cinco minutos más. Mi cuerpo se había quedado congelado. Al cerebro no le llegaban las órdenes de mis piernas y brazos. No podía pensar. Fue entonces cuando Natalia, mi mejor amiga - otra de las pocas personas que no iban vestidas igual que los demás, pero tampoco igual que yo - me tuvo que sacudir varias veces para que respondiera.

-Allegra ¡eh! ¿Qué te pasa? – Su voz sonaba preocupada - ¡Responde!

- ¡Ah! Hola, ¿qué pasa? – susurré. Todavía no me había repuesto de lo de antes.

-¿Cómo que qué pasa? Que te has quedado ahí taladrada al suelo. Te estaba llamando pero tú pasabas de mí.

-¿Si?

-Sí. Hoy estás muy rara. Apenas has hablado, menos aún de lo que hablas y llevas todo el día paseándote como una zombi de clase en clase. No atiendes en clase y estás en las nubes todo el rato. Ya sé que no sueles contar tus problemas pero no aguanto verte así.

Aún seguía sin saber lo que hacía. Sabía que esperaba una excusa como de tantas que le daba para no tener que contar mis cosas, pero como veía que no respondía, me tomó del brazo y me llevó escaleras abajo hacia fuera del pabellón. Yo me arrastraba sin ganas, prestando cuidado para que no cayera rodando por las escaleras junto con Natalia. Me sacó al aire libre y allí me empezó a dar tortas suaves en la cara para que despertara. Una característica propia de ella, siempre me hacía reaccionar cuando me veía que estaba mal, aunque no supiese lo que me pasaba.

Me despejé bastante, por lo que tenía que encontrar una excusa rápidamente para que no sospechara lo ocurrido con ese chico. Ella acababa de salir de la clase, una de las últimas como siempre, por lo que cuando él ya se fue, aún no había salido.

-Es que ya sabes… estoy con esos días y me pongo bastante embobada, cosas de hormonas, ya ves.

Valiente excusa. Esperaba a que se lo tragara. No se me había ocurrido nada mejor con tan poco tiempo de idealización. Mi imaginación era bastante escasa, aunque, quien lo diría, cuando soñaba todos los días. Debió de tragárselo a la primera porque puso los ojos en blanco y me dio palmaditas en la espalda.

-No digas más entonces. Pero vaya, que forma más rara de afectarte.

-Pues sí, yo y mis casos extraños. – Sonreí sin ganas y fuimos hacia la salida.

En el camino hacia la salida del instituto, apenas hablamos. Nos llevábamos bien porque ella era casi tan reservada como yo, pero a diferencia de mi, sí me contaba sus cosas.

La ayudaba en todo lo que estaba en mi mano. Con sus novios, sus padres, los estudios, etc. Yo me alegraba de tenerla como mi mejor amiga. Solo era la única que se quedaba a mi lado a pesar de que no le contara mis problemas. Siempre estaba cuando me veía mal y nos quedábamos ambas en silencio, cada una metida en sus cosas. Pero aunque no hiciese nada para averiguar qué era lo que me preocupaba, no se movía de mi vera y eso me ayudaba más de lo que ella creía.
Natalia siempre era la que había tenido novios, la que sacaba mejores notas de la clase, pero eso no significaba que fuera como los otros. Ella se diferenciaba de los demás en que le importaba un pimiento lo que pensase la gente. Que si había algo que le molestaba se lo decía a la cara a quien fuese. Tenía un carácter bastante fuerte.

Yo a su lado era un mosquito. Tan guapa, con el pelo bastante corto de puntas hacia fuera y de color dorado. Un poco más alta que yo, bastante fuerte debido a que era cinturón negro de judo… digamos que yo era la amiga de “la cinturón negro”, o sea sé nada. No tenía nada que resaltase en mi expediente. No se me daba ningún deporte bien, era bastante torpe. No tenía ningún talento natural - lo de soñar no se contaba - mi media de notas estaba en un siete... una chica más del montón.

-Bueno nos vemos mañana ¿no? – me dijo. Esperaba a que se me pasase este estado de shock.

-Sí, supongo.

-Venga chao. – sonrío y luego hizo el gesto de despedida con la mano.

-Adiós. – sonreí lo más convincente que pude. No quería preocuparla.

Cuando caminaba hacia mi casa, mis pasos eran cautelosos. No daba más de cinco zancadas cuando me tenía que parar y agacharme para no desmayarme. La gente me miraba con cara extraña y alguna que otra persona mayor venía y me preguntaba si me encontraba mal. Aquello que había ocurrido a última hora, era la situación más extraña que jamás había vivido y mi cuerpo no sabía, en ninguna circunstancia, como tenía que reaccionar ante tal rara disposición.
Llegué a mi casa más zombi aún de lo que salí esta mañana. Lo que me recordó que esta misma noche había tenido una pesadilla horrible y que algo muy parecido había ocurrido luego. Pero me parecía todo lejano.

Por suerte mis padres estaban trabajando y estaba sola. Por lo que no tendría que simular una cara alegre para no preocuparlos. Me hice de comer lo primero que pillé. No tenía ganas de almorzar nada pero mi estómago no decía lo mismo. No había desayunado esta mañana ni había tomado nada en el instituto, por lo que me preparé salchichas y huevo frito.

No tenía ganas de hacer nada, así que dejé los deberes para hacerlos más tarde y me fui a mi cuarto a tirarme en la cama. De repente, todas las imágenes se agolparon en mi mente. La pesadilla, el chico raro, la preocupación de Natalia y mis padres. Se quedaron todas apretujadas, como cuando hay una puerta pequeña e intentan entrar todas las personas a la vez. Se bloquea, así me quedé toda la tarde. Mirando al techo y sin poder pensar en nada. No quería dormir. Sabía que iba a soñar y no me apetecía añadir otra razón más para que mi cuerpo estuviera más tenso de lo que estaba ya.

Mis padres llegaron a eso de las ocho, así que me dispuse a hacer los deberes y a darme una ducha relajante. Mis músculos se aflojaron. Me sentía bastante bien ya que todas las ideas estaban ahí agolpadas y no podía pensar. Hasta que se decidiesen ponerse en orden y salir una a una.

Bajé a cenar con mis padres y disimulé bastante bien eso de hacer el paripé porque apenas me preguntaron. Me volví a tumbar en la cama, esta vez con el pijama ya puesto y preparada para dormir. Pero no podía. Mi mente trabajaba demasiado y no me permitía sumirme en un profundo sueño – hasta que empezase a soñar de nuevo – por lo que me puse a contar ovejitas como una niña pequeña y funcionó. Porque lo último que me acuerdo es de escuchar el despertador, del día siguiente.

Ya estaba dispuesta a cambiarme completamente, cuando recordé de repente, que no había soñado. Nada bueno, nada malo, simplemente había dormido toda la noche sin parar. Era la primera vez en nueve años, que me pasaba esto. No era normal, definitivamente algo había cambiado.

2 comentarios:

  1. Sinceramente no soy una persona de leer, pero he de reconocer que esta historia engancha =D Es interesante ver como se va desvelando el gran misterio que es el mundo de los sueños (existen libros de significados de los sueños que están bastante bien, también te recomiendo la película "Paprika" si no la has visto, que tiene relación con los sueños).
    Sin duda te animo a que sigas este relato, en mi opinión va bien encaminado y podrías tener éxito =D. Te he dejado en el evento del tuenti el enlace del blog de mi hermana, para que le eches un vistazo ^^ (si, soy "Kiko Beltrán Catalán" xD)

    ¡Saludos!;-)

    PD: mi blog ultimamente lo cojo lo que se dice nuncaa xDD pero bueno, es un blog chorra donde te puedes pasar para echar algunas risas ^^' no te vayas a pensar que soy un profesional en esto (jiji)
    Suerte!! ^^

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  2. Interesante, y la prota se llama Allegra.
    Describes bien y es una historia que según avance se irán descubriendo los símbolos
    Si quieres pasate con mi blog, yo también me entretengo y me desaogo con la escritura.

    "Nada bueno, nada malo, simplemente había dormido toda la noche sin parar."

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