domingo, 6 de diciembre de 2009

Capítulo 12. Historias.

12 HISTORIAS
Cuando llegué de nuevo a la cabaña, mi abuela ya se había ido. Al verme allí delante de todo el mundo me entró ganas de encogerme y volver a ser la pelusa en la que fui en un pasado. Todos habían vuelto a hacer sus cosas. Un aroma a bizcocho recién hecho recorría la habitación. Me acerqué a… ¿Mabel? Sí, se llamaba Mabel.
-¿Sabes si mi abuela vendrá luego? – pregunté algo bajito.
-¿Qué? – bajó el volumen de la tele.
-Si mi abuela ha dicho algo sobre que vendrá luego.
-Ah sí. Ha dicho que sobre las diez por ahí te vendría a recoger.
-Am vale. – había que ser sociable ¿no? - ¿Qué estás viendo?
-Nada… una peli. Es un rollo. No hay quién la entienda. – me sonrió amablemente.
Ahora que me fijaba Mabel tenía unas enormes pestañas que le hacían los ojos más grandes y bonitos. Tenía una brillante sonrisa.
-¿Aquí venís cuando estáis aburridos? – me acomodé mejor en el sofá. Ella se incorporó y dejó de prestarle atención a la película.
-Cristina y yo sí. Aquí hay de todo lo que podemos pedir. Pero la mayoría casi nunca vienen. Tienen sus vidas propias. Hoy estamos todos porque nos avisó tu abuela.
-Vaya… espero no haber estropeado nada importante.
-No tranquila. Hoy es un día tranquilito para todos. Aunque para Guille no sé… - rió por lo bajo.
-Calla. No me hables de él. Esto no se lo perdono. – fruncí el entrecejo y torcí la boca hacia un lado. Quería mostrar enfado pero en mis ojos se reflejaba que estaba de cachondeo. Ambas reímos a la vez.
-¿No queríais bizcocho? Pues venga que ya está. – avisó Cristina al otro lado del salón.
-¿Pero eso no se tiene que enfriar? – preguntó Ángel desde el ordenador.
-Ya. Pero mientras nos sentamos en la mesa y así Allegra nos cuenta algo ¿no? – fijó su mirada de entendimiento en mí.
-Bueno ahora vamos. – comentó Sandra que aún seguía leyendo.
Mabel y yo fuimos hasta la mesa donde estaba Cristina dejando el bizcocho enfriar. Sentía curiosidad por saber la historia de cada uno. Pero preguntarla a todos el primer día me pareció algo excesivo.
-Yo tengo hambre ya. Son las siete de la tarde. – indicó Mabel. La verdad es que mi estómago también estaba algo hambriento.
-Pues hasta que no se enfríe… - apostilló Cristina.
-Anda… qué más da.
-Tú siempre igual. No da lo mismo. Frío está más bueno.
-A ti todo te sale buenísimo. – halagó Mabel a Cristina.
-Vosotras dos sois muy amigas ¿no? – supuse.
-¿Yo? ¿Amiga de esta payasa? Nunca… - ironizó Cristina.
-¿Qué dices? Voy a ser yo amiga de esta. En realidad somos todos muy amigos. – siguió Mabel.
Reímos las tres. Guille entró por la puerta del jardín. Lo fulminé con la mirada y miré hacia Cristina.
-¡Oh! ¡Bizcochito de Cristinita! Qué bien. – ignoró mi mirada asesina.
-Hay que esperar a que se enfríe. – advirtió Lucas que se había incorporado a la mesa con nosotros.
-Entonces conozcamos más a Allegra ¿no? – reparó Guille.
-Cómo si tú no me conocieras. – dije con tono borde.
-¡Uy! Aquí hay crisis de pareja. – intervino Sandra que había dejado de leer. Poco a poco se iban acercando todos.
-¡Ja! – se me escapó una risa histérica.
Todos rieron. Me avergoncé un poco del pollo que estaba armando. Mejor tener la boquita callada.
-¿Hace cuánto que te enteraste? – preguntó Sandra de nuevo.
- No sé… hace un par de meses o algo así.
Todos se quedaron asombrados. Estaba intrigada por sus rostros.
-¿Qué pasa?
-Es solo que con tan pocos meses de entrenamiento y ya vayas a pasar a la siguiente fase… - repuso Lucas.
-¿Cuánto es lo normal?
- Bueno… no hay un cierto tiempo, pero casi todos hemos sido a partir de los ocho meses después. – esta vez fue Mabel la que habló.
-Entonces… ¿creéis que estoy preparada?
Sandra, Cristina, Mabel, Lucas y Ángel se pusieron a ver el futuro. Ya que todos sus ojos se volvieron púrpuras. ¿Es que era la única que no conseguía manejar esto de las visiones? Tendría que mejorar bastante para ponerme a su altura.
Mientras divagaban por mi futuro, Guille me miraba divertido. Siempre le hacía ver que estaba enfadada pero me quedé embobada mirando el rostro de Lucas y sin que me diera cuenta, se acercó a mí por la espalda encerrándome entre sus brazos. Miré hacia atrás y nuestros labios se tocaron. No pude resistirme y caí ante sus besos. Me puse de pie para poderlo agarrar mejor y empezamos una guerra de lenguas. Alguien carraspeó y paramos avergonzados.
-Bueno por lo que he visto. Chica… tienes un talento natural para aprender rápido. – aseguró Ángel mientras se levantaba e iba a por un cuchillo para cortar el bizcocho.
-Pues sí. Yo he podido ver cómo en menos de un mes ya te preparas para un enfrentamiento de verdad. – siguió Cristina en su silla con una postura bastante desinteresada.
Todos asintieron a la vez. Me sentía halagada. No sabía que tuviese tal talento. Me senté de nuevo. Empezaba a sentir simpatía hacia ellos. El ambiente que se respiraba era bastante atrayente. Contagiaban las ganas de risas y la formación de una amistad muy fuerte.
-Y vosotros… ¿Cuándo empezasteis? Porque… Lucas tendrá ya los veintitantos ¿no?
-Veintidós. – sonrió amablemente. – yo me enteré hace unos cinco años más o menos. Casi con tu edad. En realidad todos nos empezamos a desarrollar a partir de los dieciséis. – explicó. Sus ojos empezaron a viajar a un lugar lejano.
-Entonces… ¿soy la pequeña? – me sentí extrañamente diminuta.
-Exacto. – Guille me agarró por el cuello y me empezó a dar capones en mi cabeza.
Seguidamente, todos se acercaron a mí y me empezaron a hacer cosquillas, pegar pellizcos, a frotarme la espalda…
-Estás bautizada como la peque. – afirmó Ángel mientras me daba golpecitos en la cabeza.
Después de varios minutos riendo, todos nos sentamos alrededor de aquella mesa, en la que ahora no me parecía tan grande. Tenía el pelo hecho una maraña, pero no me importaba. Empezamos a comer el bizcocho que había preparado Cristina y a hablar.
La tarde se me hizo cortísima. Me había enterado de cantidad de cosas. Consejos que me habían acompañado a lo largo del atardecer. Guardaba todo en mi cabeza para en un futuro poder utilizarlo. Aunque no me había enterado de todos los comienzos de cada uno, fue el de Sandra el que me sorprendió.
-Mi historia es un poco dura. – empezó a explicar cuando ya habíamos acabado el pastel. – Antes de que me enterara de toda esta historia, mis padres siempre me habían renegado los cuentos de hadas, las princesas, los ogros. Todo lo que tuviera que ver con lo irreal. – su postura era bastante tensa. Estaba apoyada recta en el respaldo de la silla, sin mover ni un solo músculo salvo la boca para hablar.- Nunca leía libros de literatura fantástica. Nunca me relacionaba con niños que creyesen en el ratoncito Pérez. Siempre con gente más mayor.
>>Al principio, siempre les obedecía y hacía lo que ellos me decían. Pero llegué a una cierta edad en que dije hasta aquí hemos llegado y me marché de casa a los dieciséis años. No podía seguir con tantas órdenes y que me tuvieran al margen del mundo. Estaba tan enfadada con ellos que de la misma impotencia mis poderes empezaron a desarrollarse. El primer contacto que tuve con estos maravillosos poderes fue poder manejar los objetos con la mente.
-¿Cómo es eso posible? Se supone que los inmunitas solo podemos tener visiones ¿no? – tuve que interrumpirla. Me sorprendió bastante algo tan nuevo.
-También podemos manejar cosas con la mente. Pero para eso hace falta mucho entrenamiento. Años y años de esfuerzo. Aunque hay personas que lo desarrollan antes y las visiones después. – me aclaró Guille.
-Bueno sigo. Lo primero que experimenté fue arrojar una maceta que había en un balcón a la calle. Yo estaba bastante alejada de ella, pero me concentré tanto y con tanta furia que salió disparada. Aquello me dejó atónita. ¿Qué era lo que acababa de ocurrir? Lo intenté de nuevo y otra maceta cayó volando hacia abajo. Estaba eufórica. Tenía superpoderes. Mis padres se habían equivocado. Toda la vida viviendo engañada. Estaba sola, no sabía a quién acudir. Mis amigos ya eran lo suficientemente mayores como para mudarse a otra ciudad. No tenía transporte, no tenía dinero. Mi familia no me respondía a las llamadas. Entonces por un instinto, fui a ver a mi abuelo. No sabía porqué lo hacía pero le conté todo lo que me estaba ocurriendo. Yo sola fui mejorando mis poderes cuando vivía en la calle. Podía elevar cucharas, cartones, basura... Le mostré lo que era capaz de hacer y fue él el que me dio respuesta a todo. Me ayudó muchísimo en los tiempos duros. Mejoré las visiones, elevar objetos de más consistencia, el uso de la espada… Mis padres no me hablaron jamás después de descubrir que los había desarrollado. Fui a vivir con mi abuelo donde me enseñó todo lo que sé hoy. Cada movimiento preciso, cada paso para esquivar, la rapidez… se lo debo a él.
>>Cuando murió hace un año y algo, me fui a vivir con los que ahora son mi familia, los inmunitas. Esta panda de niñatos es todo lo que tengo. Son mis confidentes, mis padres, mis primos, mis hermanos… todo lo que dejé atrás. No sé nada de mi familia. No entiendo porqué me dejaron de lado. Porqué nunca me contaron nada de este mundo. – su mirada estaba en otro lugar. Hablaba para sí sola. Todos estábamos muy atentos escuchando. Pero volvió a la realidad y se dirigió a mí. – Peque, aprovecha cada instante con tus padres, con nosotros. Cada momento que vivas será especial. Cuida de tu gente y de los que te quieren. No todos tenemos la misma suerte. – asentí sin dejar de pensar en todo lo que me acababa de contar.
Ella no tenía a nadie. Tuvo que manejarse por sí sola en este mundo. No tenía a alguien quién le animase cuando estaba sola. Se hizo un silencio largo. Cada uno sumido en sus pensamientos.
-Vaya Sandra… no sabía que fuésemos tan importantes para ti. – bromeó Ángel.
Sandra le sacó la lengua y él le hizo el corte de manga. Después de liberar tensiones, todos reímos a una.

Después de aquella maravillosa tarde, Guille me acompañó a casa en su coche. Avisó a mi abuela de que me llevaba y fuimos a cenar a los Ham’s 80.
-¿No estás harto de estar aquí? - pregunté mientras el otro camarero nos traía la bebida. Resultaba extraño como mi camarero de toda la vida estaba sentado en frente de mí como cualquier otro cliente.
-La verdad es que no. Es tanta la simpatía que se respira aquí que me gusta mi lugar de trabajo. Aunque sea por poco tiempo. – dio un sorbo a su Coca-cola.
-¿Cómo? ¿Poco tiempo?
-Sí. Dentro de nada nos iremos a la residencia. – sus ojos negros reflejaban calma y comprensión. Alargó la mano para coger la mía.
-¿Yo también? – sabía que estaba haciendo preguntas estúpidas pero había demasiadas cosas que me faltaban por saber.
-Claro tonta. Allí nos quedamos cada verano y parte del otoño para mejorar nuestros movimientos. Tú empezarás desde cero.
-Pero yo soy la única que no sabe nada… ¿quién me ayudará? Vosotros estaréis ocupados perfeccionando. Yo sin embargo, desde el principio. – estaba agobiada, frustrada.
-Cristina también hace poco que se enteró. Te lleva un poco de ventaja pero estoy seguro de que la alcanzarás dentro de poco. – hizo que me tranquilizara con esa sonrisa suya que tanto me gustaba.
-Cuéntame como es aquello. Tengo curiosidad. Tuve una visión donde estaba en una sala cubierta de madera por todas partes. Estaba entrenando con una espada de verdad. ¿Hay algo parecido allí?
-Cuando lleguemos ya lo verás. Es un lugar muy bonito la verdad.
-¿Más que la cabaña de esta tarde?
-Muuuucho más. – se acercó a mi y pegó sus labios contra los míos.
-¿Cuándo nos vamos? – le interrumpí en mitad del beso. Estaba ansiosa por saber más. Se alejó de mí aunque parecía un poco receloso.
-Creo que el lunes.
-¿El lunes? – refunfuñé como una niña chica. – pero si es muy tarde. Todavía queda una semana.
-Tienes que prepararte un poco más. Y además algunos necesitan tiempo para dejar el trabajo o avisar a sus padres.
Nos trajeron la comida y en silencio acabamos la tarde que tan maravillosa había pasado. Nos despedimos con un largo beso lleno de pasión en el portón de fuera de mi casa.
Entré por la puerta y mis padres me atosigaron a preguntas.
-¿Cómo te lo has pasado?
-¿Es bonito aquello?
-¿Dónde está la maleta grande para empezar a hacerla?
-¿Son simpáticos tus compañeros?
-¡Ay! ¡Parad! Me estáis agobiando. – Mi madre alargó su brazo por encima de mi hombro y fuimos hasta el salón.
-Guille me ha dicho que nos vamos el lunes.
-¿Guille? ¿Qué Guille? – preguntó mi padre mientras se encendía un cigarro.
-¿De verdad no lo sabíais? – Ambos me miraron con las cejas enarcadas - Guille… el camarero de los Ham’s 80. El de siempre.
-¿Pero qué dices? ¿El que te tiraba la caña?
-¡Mamá!... Si… es ese.
-Con que Guille es uno de los inmunitas… - mi padre tenía la mano puesta en la barbilla pensativo – quién lo diría…
-Dímelo a mí. Que menuda sorpresa me he llevado cuando lo he visto allí con toda la gente. Bueno me voy a mi cuarto ¿vale? Ya hablaremos y organizaremos las cosas mañana. – le di un beso a cada uno y subí a mi habitación.

Uf… que día más intenso. Tantos sucesos en un mismo día. Aunque claro, ya estaba acostumbrada. Que mi vida simple e invisible se estuviese volviendo más opaca e intensa.

1 comentario:

  1. ...traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro...


    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ


    TE SIGO TU BLOG




    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía...


    AFECTUOSAMENTE
    A LA LUZ DE LA SOMBRA


    DESEANDOOS UNAS FIESTAS ENTRAÑABLES DE NAVIDAD 2009 ESPERO OS AGRADE EL POST POETIZADO DE CREPUSCULO.

    José
    ramón...

    ResponderEliminar