martes, 22 de diciembre de 2009

Capítulo 13. Cambios.

13 CAMBIOS
Por fin el día que tanto estaba esperando había llegado. Lunes. Hora de marcharse. En esa semana Guille y yo habíamos estado entrenando juntos y nos pasábamos casi todo el día viéndonos. Me había contado pequeños detalles de la residencia pero nada en concreto. Siempre me decía que ya lo vería cuando llegase. Pues bien… hoy era el día.
En esta semana no había tenido noticias de Aarón, como desde hace un par de meses. Ya apenas me acordaba de su mirada intensa llena de confusión, de su melenita brillante a los rayos del sol, de sus labios carnosos llenos de amor…Bueno… quizás sí que me acordaba un poco de él, pero ahora estaba con Guille y no podía pensar en nadie más. Siempre me ayudaba en todo lo que podía. Era mi mejor amigo y mi novio. ¿Qué más se podía pedir? Entonces… ¿Por qué mi corazón no latía con fuerza cuando me besaba? Mejor pensar en otra cosa.

Ya el día anterior había hecho la maleta. Lo tenía todo listo. Aunque salíamos a las cuatro de la cabaña. Había que coger el avión a las seis. Por lo que nos esperaba unas cuantas horitas de viaje. Ahora entendía a mi abuela cuando le pregunté que dónde estaba ese lugar aquí.
No había dormido en toda la noche. Sin parar de moverme, había estado dando vueltas por toda la cama de un lado a otro. Estaba exasperada, ansiosa. No paraba de preguntarme como sería aquel lugar.
A las tres de la tarde vino Guille a recogerme para llevarnos a la cabaña. Mis padres se habían tomado la tarde libre para despedirme. Iba a estar dos meses fuera de mi casa sin verlos. Estuvieron todo el almuerzo dándome abrazos y pidiéndome que tuviese mucho cuidado. Apenas comieron. A la hora prevista tocaron el timbre.
-Hola fea. – me dio un beso en los labios. Mis padres se habían enterado que estaba con él. - ¿Tienes todas las cosas preparadas?
-Desde hace tres días. Mis padres son unos exagerados. – Me acerqué a la cocina y les pedí que me trajeran el equipaje. – Mamá, papá, Guille ya ha llegado. Vamos llevando las cosas ¿no?
Seguidamente salieron de la cocina para coger las maletas. Llevaba dos maletas del tamaño grande y un bolso de gimnasio. Guille se quedó con los ojos abiertos ante tal cantidad de equipaje.
-¿Esto qué es? Peque, que vamos a una residencia que no vas a un festival de cine. Allí tienes lavadoras para limpiar la ropa.
-Ya… pero también llevo mi música, mi portátil, secador, plancha, zapatos, pijamas… nene que son dos meses.
-Cómo se nota que es la primera vez que vas. Ya verás aquello. Aunque claro yo ya tengo allí casi todas mis cosas.
-Pues entonces no me digas que son muchas. – le saqué la lengua.
Mis padres ayudaron a meter todo en el maletero. Él solo llevaba una simple mochila de montañero.
-¿Y con esto tienes suficiente? – enarqué una ceja mientras torcía la boca.
-Y me sobra.
Mis padres me dieron el último achuchón y alguna que otra lágrima de más.
-Llámame todos los días. Esfuérzate mucho y ven aquí como una guerrera capaz de enfrentarse a todo. – mi padre siempre tan feroz.
-Cuídate. No te hagas mucho daño. – me abrazó por última vez en este tiempo.
Nos montamos en el coche y salimos a toda velocidad hacia la autovía. La noche sin dormir me empezó a pasar factura. Notaba como mis párpados se caían. Quería hablar con Guille sobre la residencia pero el cansancio me podía y caí en la inconsciencia a los diez minutos de emprender el viaje.
Alguien muy lejano me estaba tocando el hombro suave. Luego con más insistencia. Caí en la cuenta de que me estaban despertando.
-¿Qué pasa? – pregunté aún atontada.
-Peque ya hemos llegado al aeropuerto. Vamos.
-¿Al aeropuerto? ¿Pero no íbamos antes a la cabaña? – mi mente se iba despejando poco a poco. Estaba hablando con Cristina.
-Sí. Llegasteis, pero Guille no quiso despertarte y te ha dejado durmiendo hasta llegar aquí. Tenías cara de cansancio.
-Bueno… sí. No he dormido mucho esta noche.
-Anda vamos que llegamos tarde.
Fue llegar y facturar directamente. Tuve que repartir las maletas a los demás para que no tuviese que pagar dinero por el exceso de peso. Puede que sí fuese un poco exagerada. Pero tenía que llevar ropa para toda clase de ocasión. Miré el lugar de destino. Getlock. Si no estaba muy equivocada eso estaba a una hora y media de Walterville en avión. ¿De verdad allí estaba lo que tanto esperaba? Había veraneado allí de pequeña. Más o menos sabía cómo era aquello. Un lugar muy poblado. Grandes centros comerciales. Enormes parques lleno de flores y jardines. Últimas tecnologías. Avenidas llenas de cultura. Era un lugar bastante bonito para el turismo.
Todos llevaban una simple mochila de equipaje. Me sentí una exagerada. El que más rio al verme con tantas maletas fue Lucas. Él ni siquiera llevaba una mochila de montañero, con una simple mochila de colegio le bastaba.
Los ratos esperando lo pasamos jugando a las cartas. Yo perdí unas cinco veces de quince partidas que jugamos en total. Hoy no era mi racha. Sería el cansancio.
En el trayecto del avión también me quedé dormida. No podía evitarlo. Tenía que recuperar la falta de sueño. Estaba enfadada conmigo misma por no aguantar lo suficiente y pasar más tiempo con mis compañeros. Pero teníamos dos meses para conocernos mucho mejor y llegar a integrarme en esa fantástica familia.
Casi dos horas tardamos en llegar desde el aeropuerto hasta la residencia. Estaba siendo un viaje muy largo. Todos estábamos exhaustos. Al menos en ese camino si me mantuve despierta la mayor parte del tiempo. Después de pasar el centro de la ciudad solo se veía verde por todos los lados. Llanuras se extendían por los alrededores de la carretera. Alguna que otra cosecha y campos de cultivo se podían observar a lo lejos. Aquello era mil veces mejor que el lugar donde estaba la cabaña.
Ángel iba conduciendo. En el copiloto iba Cristina. La parte trasera estábamos yo en la ventanilla, Guille a mi lado y en la otra, Mabel. En otro coche iban Sandra y Lucas. Charlamos alegremente entre nosotros. Sobre su primera vez cuando llegaron a la residencia, la sorpresa que se llevaron… Pero nunca me querían contar nada de aquello. Estaba demasiado intrigada como para prestarle atención a Guille que a cada instante me besaba en el cuello o me agarraba por la cintura.
En un cambio de sentido, aquel paisaje cambió. Ya no se veía solo llanuras, ahora era todo rodeado de árboles. Bosques y riachuelos recorrían aquellas calles de Getlock. Los árboles se movían entre sí haciéndose chocar las hojas contra las copas de los otros cedros. Desde lejos se podía ver dos enormes edificios unidos por un puente cubierto. La fachada era de ladrillos color granate. En una parte del edificio había numerosas ventanas encuadradas de color carbón donde ocultaba el interior con unas cortinas color amanecer. En la otra parte del edificio, éste más grande que el anterior, apenas se encontraba ventanas en la parte frontal. Una gran terraza se hallaba encima del edificio. La residencia en general estaba vedado por una muralla de piedra donde sobresalían árboles gigantes.
Aquellos lugares eran maravillosos.
-¿Es esto? – dije anonadada ante tal expectación.
-Yes. Chulo ¿eh? – aseguró Mabel.
- ¿Bromeas? ¡Es una pasada! Mucho más de lo que había imaginado.

Al entrar fue aún más alucinante. Traspasamos las murallas por un portón gigante como el de las películas que tienen una mansión enorme. Ángel tuvo que asomarse por la ventanilla para identificarse por una cámara. Citó una serie de números que se me olvidaron conforme los iba dictando. Posteriormente, se abrió el portón y entramos. Si desde fuera ya era fascinante, desde dentro se quedaba corto. Un inmenso jardín cubierto de flores y figuritas para decorar se expandía a lo largo de la fachada de la residencia. Un camino de asfalto te guiaba hacia el garaje y otro de grava hacia la entrada. Ésta parecía una especie de túnel. El techo estaba protegido por el puente que comunicaba los dos edificios y a ambos laterales se encontraban las puertas para entrar en cada uno de los edificios. En cada puerta, había un identificador de huella, ojo y voz. Aquello estaba muy seguro. No entraba cualquiera.
Nos dirigimos hacia el garaje que se encontraba a la derecha de aquella muralla. Salimos todos juntos y nos dirigimos hacia la entrada. Me comía las uñas del nerviosismo. A partir de ahora este sería mi nuevo hogar.
Mabel fue la primera en identificarse. Una lectura de huellas del dedo índice, un escáner de la córnea y un número largo dicho por voz. La máquina dio la bienvenida a Mabel.
Los demás la imitaron y el último en identificarse fue Lucas. Él fue quién le dio a un botón extraño de aquel chisme y me dejaron entrar.
-He puesto que eres una invitada. Arriba te tomarán todas las cosas necesarias. – me aclaró mientras sujetaba la puerta amablemente.
Me había molestado un poco que no fuera Guille el que se quedara conmigo hasta el final. Pero lo pasé por alto.
Entramos en la parte de la derecha del edificio. Al ver aquella sala me recordó a una sala de espera.
Varios sillones negros pegados en la pared, una mesa grande de café llena de revistas y una alfombra con dibujos abstractos. No era muy grande, la verdad.
-Esto parece una sala de espera… - mostré lo que pensaba a Cristina.
-Lo es.
-Om. Entiendo. – moví la cabeza de arriba abajo como motivo sin entendimiento. Estaba un poco desilusionada. La verdad es que el edificio desde fuera prometía mucho más.
Al ver mi cara de confusión, no pudo evitar reírse. Estaba empezando a sentirme un tanto frustrada.
Subimos en el ascensor los 7. Era bastante amplio, todo metalizado y con botones extraños. No eran simples números. Sandra pulsó el que estaba dibujado la letra I. Realmente no sabía si habíamos subido, bajado o movernos hacia los lados, pero el ascensor se trasladaba. Una voz de ordenador avisaba que habíamos llegado al destino pedido. Se abrieron las puertas.
Toda la habitación estaba pintada de color plata. Pegado en las paredes se encontraban unos ordenadores de última generación junto con unos artefactos específicos para leer las huellas y otro para los ojos. También había bastantes televisores que mostraban las cámaras de vigilancia por toda la residencia. Tan solo se encontraban dos hombres en aquella habitación. Un vigilante canoso, de cierta edad vestido de uniforme azul marino, estaba observando aburrido aquellas televisiones y otro hombre mayor también con una bata blanca, se encontraba en uno de los ordenadores realizando alguna representación gráfica.
Nos acercamos al hombre de bata blanca.
-Hola papá. Ya estamos aquí. – saludó Guille. El padre se dio la vuelta. Su cara reflejaba el paso de los años, pero tenía algo que lo hacía atractivo. No tendría más de sesenta.
-¡Ah! ¡Hola chicos! Alfredo ¿por qué no me dijiste que los chicos habían llegado?
-Te lo dije. Pero como siempre, no me escuchaste. – habló desde el otro lado de la habitación el vigilante. Puso los ojos en blanco. – Hola chavales. – nos saludó con la mano.
-Hola Alfredo. – hablaron todos a una. Yo simplemente le mandé una sonrisa educada.
-Bueno bueno… así que tenemos aquí por fin a Allegra. ¿Qué tal hija? Ante todo… yo soy Guillermo.
-Hola. Pues nerviosa… esto es impresionante.
-Y eso que no has visto nada… pero tranquila que ya acabarás aburriéndote como todos… ¿Empezamos?
-Papá que nosotros estamos en las habitaciones ¿vale? Cuando acabéis me dais un toque. Luego nos vemos. – avisó Guille haciendo alusión a todos los demás.
Me senté a su lado y empezamos con la base de datos. Mis apellidos, alguna enfermedad, mi edad, cuando empecé a desarrollar los poderes, el avance hasta ahora, etc. Después me hizo como todos los demás. La lectura de huellas y de córnea.
-Repite este número al micrófono éste. – me tendió el papelito donde ponía la numeración.
-Dos, ocho, tres, tres, cinco, uno, siete.
-Repítelo otra vez por favor, que las máquinas estas necesitan asimilarlo.
-Dos, ocho, tres, tres, cinco, uno, siete.
-Gracias.
Siguió tecleando algunas cosas más en el ordenador. Más tarde, me tendió una tarjeta donde ponía mi nombre y mi número.
-Ya está cielo. Dale un toque a mi hijo y vendrá a enseñarte todo lo demás. Espero que te sientas a gusto y que entrenes mucho. – sonrió amablemente. Tenía exactamente la misma sonrisa que su hijo.
-Gracias de verdad. A ver cómo me va aquí.
-¡A por esos attacks! – agitó el puño con fuerza.
Yo sin embargo, al escuchar ese nombre, no pude evitar pensar en cierta persona. Sentí como me daban un latigazo en el pecho.
Le di el toque a Guille y en seguida vino a recogerme. Me dio un beso en los labios.
-Pero… tu padre…
-Mi padre ya lo sabe tonta.
No pude evitar echar una ojeada hacia atrás. Guillermo nos estaba observando sonriente.

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